181115

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Cíborg | palabra del día – 7

Sus Majestades los Reyes de Mámbredon,

y en su nombre el Jefe de la Casa Real Fengri,

tienen el honor de invitarle al enlace de

doña Elka Drevia Fengri,

cíborg de 27 años de edad,

mitad Decuriona, mitad máquina,

 y don Flerion Hasterlinx,

Psicocensor de 23 años de edad,

mitad saurio, mitad nube de abejas,

que tendrá lugar sobre el gran disco de amatista

durante el próximo eclipse de soles.

Religados: túnica púrpura y blasones de los remotos.

Diametrales: uniforme de gala.

Oficiará la ceremonia el Muy Venerable

Olvo Krain,

Gran Maestre Dementor,

mitad Noche, mitad Nada.

Ilustración de Dasha Franco

Toca esperar

Aquel año, en el Día de Muertos, la abuela Amelia regresó en forma de tostadora Hopkins modelo LT 2, que incorporaba un regulador con seis niveles de tueste. Fuimos siempre cobardes. Jamás pasamos del 4.

“Aquí tienes a tu suegra”, anuncié a mi padre, depositando la vieja tostadora sobre la mesa del comedor, tomada por un escuadrón de pequeños marines espaciales que él pintaba con mucho esmero y un pincel diminuto.

Las sinapsis cerebrales de papá solo funcionan a pleno rendimiento para hacer el ganso o el mal. Así que le pareció estupendo que la abuela Amelia, a pesar de estar muerta, nos siguiera haciendo el desayuno. Y añadió: “una tostadora. Descanse en pan”. Tal ruina de chiste provocó mi retirada, sin hablarle de las misteriosas figuras que aparecían en las primeras tostadas del día.

Yo había madrugado aquella mañana. Bostezaba como King Kong. Me pesaba el cosmos. No recordaba el nombre de todos los Beatles. Pero fui capaz de hacer tres tostadas.

Era evidente que las quemaduras en el pan tenían formas muy peculiares. La primera tostada presentaba el dibujo de una casita con una chimenea humeante. Asumí que era nuestra casa, aunque viviéramos en un quinto piso. En cuanto a la chimenea humeante… ¿Sería la cabecita de mi hermana mayor, al hojear por error alguno de sus libros de texto?

En la segunda tostada aparecía una especie de serpiente alada. Lo interpreté como un inminente Armagedón.

Y en la tercera —era alucinante— la parte más tostada y oscura tenía forma de espiral.

No cabía duda. Se trataba de la abuela Amelia, teletransmitiendo desde alguna de las nueve regiones del Mictlán, el inframundo donde ahora moraba, según mamá.

Al rato, reunidos todos para desayunar, volví a la carga. Debía convencer a mis familiares de que la abuela Amelia estaba delante de sus narices, encendida a nivel 4, chamuscando mensajes en rebanadas de pan, descifrando las claves del Ser.

Entonces, para mi sorpresa, mi padre se adelantó: “Lo he meditado y tienes razón, Miguelito. Los muertos tienen que ver, más bien, con cosas muertas. Así que es lógico que tu abuela regrese hoy en forma de tostadora y no como un espectro con moño o un siniestro reflejo en un altar”.

Mi madre recriminó casi en el acto el postulado de papá, que tuvo que oír su nombre seguido de su apellido. Ella procede de México y no consiente comidas sin chile chipotle ni fregadas en torno a sus muertos.

Papá soslayó la amonestación y continuó:

—Aunque sería más razonable que la abuela no fuera la tostadora, sino el viejo sillón de la salita, en el que solía reinar.

—Es la tostadora —insistí.

—Tchss, alfeñique tarado —sonó mi hermana, con media cara pintada cual calavera, y engullendo bollos como si el Armagedón de la segunda tostada le silbara ya detrás de una oreja.

Mamá nunca fue de teorías. Y a la pava de mi hermana, por aquel entonces, solo le importaba si hacía chillar su teléfono alguno de los ciegos de atar que la pretendían. La consideraban poco menos que una joya de la corona, cuando estaba claro que no sabían diferenciar un muslo de pollo de un Ferrari.

Tuve que sacar mis tres tostadas para apoyar mi tesis.

—Mirad: esto es nuestra casa. Esto es el fin del mundo. Y esto es una espiral. ¿Lo veis?

—Eso puede ser cualquier cosa —rebuznó mi hermana sin mirar las tostadas.

—¿Qué haces con eso guardado? —protestó mi madre—. Van a volver las hormigas.

Recuerdo que imaginé una hormiga de tamaño humano tomando margaritas en el sofá y fumando los Pall Mall de papá.

—La abuela es la tostadora —repetí.

—Y dale.

Aquella tarde, mis padres fueron a dejar mutilaciones de plantas en flor sobre la tumba de mi abuela, que está enterrada en suelo ibérico, alimentando esa clase aguerrida de gusanos que tolera tanto picante. A su vez, mi hermana salió con el primate glam de turno, no recuerdo si le tocaba al pseudopoeta o al aspirante a influencer.

El alfeñique que soy se quedó en casa. Vino una tal Casandra, de mi colegio, con la que chateaba sobre zombis. Supongo que albergaba alguna pretensión romántica o erótica conmigo. O eso pensaba yo, porque empezamos a ver una película de terror y ella se quedó frita en el sillón de la abuela Amelia.

Lo fascinante es que, entre dos ronquidos, recitó en sueños una receta de cochinita pibil. ¡La de la abuela!

Al día siguiente, reconocí ante mi padre que él tenía razón. Aquel Día de Muertos la abuela Amelia había regresado en forma de viejo sillón y no de tostadora. Y se manifestó a través de mi bella y parlanchina colega durmiente.

Una lástima. Me habría gustado que la abuela fuese por un día la tostadora Hopkins, y haber recibido mensajes suyos en el pan. Tenía más encanto que lo del sillón. Aunque nunca tanto punch como si volviera de los muertos en forma de figurita de plástico de Michael Sweet, cantante original de Stryper y semidiós del rock cristiano.

Eso todavía no ha sucedido. Tengo apuntados el sillón, las maracas, aquel sucio sombrero, la lámpara del salón, el router, el cojín verde con girasoles, el peluche de pato, la escoba, el rascador… Y, hace poco, la abuela fue el pelapatatas. Muñequito de Michael Sweet todavía no. Quizá un año de estos.

Toca esperar.


Con este relato participo en el concurso de historias del Día de Muertos, de Zendalibros.com

Día de Muertos en Zenda

#DíadeMuertos

Lactosa | palabra del día – 6

Amanecía en la gran ciudad y buena parte de sus habitantes desperezaba sus delirios, arropados por el eco familiar de motores y sirenas.

El aviso de Zambrano fue un cubo de agua helada. Con intención de rematarme, algo con apellido escocés comenzó a dar mazazos en las paredes interiores de mi cráneo. Apenas distinguía yo los entes. Para qué hablar de los sucesos.

Llegué al tercero C de la calle Bergamín sobre las 8 de la mañana. Junto al portal había dos coches patrulla. El resplandor de sus luces azules revoloteaba sobre la fachada del edificio.

En la entrada del piso me dieron los buenos días tres agentes barbudos.

—Perrino —saludó también la barbilla de Zambrano.

—Zambrano.

Penetré en el domicilio y, al fondo de la cocina, junto a otro agente barbudo, vi a un tipo en pijama con cara de recién divorciado y de no estar llevándolo bien. Entendí que era el dueño o el inquilino del piso. Y, por eso mismo, el sospechoso.

Una cinta policial blanca y azul circundaba una mesa alta de roble situada en el centro de la cocina. Sobre la mesa había una taza medio vacía de desayuno y un paquete de galletas, de esas redondas y tostadas, al que faltaban dos, quizá tres.

—Está completamente hundida —informó Zambrano.

—Y eso oscuro… ¿Qué es? —quise saber.

—Creemos que es cacao soluble.

—Dios.

Me colé por debajo de la cinta y pedí una cucharilla o similar. La introduje en la leche. Gran parte de la galleta estaba en el fondo. El elevado tiempo de inmersión la había desmenuzado. Una carnicería. Regalé una mirada flamígera al tipo del pijama. Pero no dije nada.

En ese instante tuve un siniestro presentimiento. Olfato de sabueso. Metí el dedo en la leche turbia y lo llevé hasta mi lengua.

—Prueba esto, Zambrano —ordené.

Hizo la misma cata que yo y a continuación dijo:

—¡Lactosa!

—Sí, lactosa.

Volví a mirar con cara de ogro al individuo del pijama. Si no era por la galleta, al menos por la lactosa pasaría un tiempo a la sombra.

Fuimos a desayunar a la barra de Hoops. Tenían 25 tipos de galletas. Pusimos nuestras placas sobre la barra, como hacemos siempre, para que tengan claro que no vamos a mojar galletas en ningún líquido y, por crimen o accidente, acabe alguna en el fondo.

Pero se nos hizo poca cosa el desayuno. Así que…

—¿El primer pelotazo? —sugerí a un legañoso Zambrano.

—El primer pelotazo.

No tardó en aparecer sobre la barra algo con apellido escocés, repartido en dos vasos.

 

Ilustración de Dasha Franco

Neptunio | palabra del día – 6

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Dos días después de la fiesta de Halloween, se supo que el Skyline GTR propulsado por neptunio no era más que una lata de callos con garbanzos. Y que la cazadora de Helly Hansen del día de los muertos era, en realidad, una sábana sucia. Hay que ver lo que ingenia un buen brujo-padrino cuando está sobrio e inspirado.

A Leire, la peinabombillas y princesa del barrio, no le importó demasiado conocer estas verdades sobre el calzamonas que la engatusó en su fiesta, en detrimento de los propios hermanastros del joven, que fueron de lo más tontucio, el uno dándoselas de poeta y el otro de rapero, o al revés.

Lo malo es que, con aquella máscara de esqueleto, en ningún momento vio la cara de su “príncipe”. Solo tenía aquellos bóxers de Star Wars que el muy giraesquinas perdió en la casa, al salir de la fiesta como tweet que lleva el Diablo.

La princesa del barrio envío a su chambelán pelopony, “La Lore”, a recorrer medio extrarradio, calzoncillos en mano. Por fortuna, y tras mucho probar, encontró a un cierrabares al que le sentaban bien.

Que si quería casarse con “La Leire”, que por sangre y legado, era la princesa del barrio. La de la fiesta, vamos.

Que por qué iba a cometer semejante necedad, alegó él.

Fue entonces cuando “La Lore”, obligada por la coyuntura, sacó un predictor de color azul responsabilidad.

Era el primer Halloween que a Ceniciento le daban un susto tan grande.

 

Ilustración de Dasha Franco

Crónicas de la extinción

Es siempre recomendable percibir claramente nuestra ignorancia.

Charles Darwin.

 

Entre los vapores y las burbujas de mozzarella, quebrando un silencio de cuatro estaciones, se abre paso el solitario murmullo de la razón. Con suerte, y durante escasos segundos, contemplaremos esos ojos que lo acompañan, penetrantes, melancólicos, que, al advertir nuestra presencia, se hundirán con rapidez en la grumosa capa de queso extra.

Es… el hombre.

De todas las especies hermafroditas que habitan las vastas extensiones que hoy conocemos como pizza, el homo sapiens es la que corre más peligro de extinción. En las postrimerías del equinoccio, todavía puede verse algún ejemplar adulto desovando sobre grandes lonchas de chorizo, salami o beicon. Cada humano pone un único huevo y, una vez puesto, emprende el vuelo, explotando en el aire poco después en una nube oscura de polvo.

Para la cría humana que sale del huevo, comienza entonces una fiera lucha por la supervivencia. Se halla en un medio inhóspito, con temperaturas que apenas puede soportar. Muchas crías sufren severas quemaduras una vez fuera del huevo, provocadas por la grasa caliente. Estas quemaduras les dejan marcas que permanecerán en su piel hasta la muda del primer año y que, a su progenitor, si no hubiera explotado, le ayudarían a diferenciarlo de un pedazo de carne picada o de una aceituna negra.

Una vez la cría humana ha alcanzado el tamaño apropiado y el dominio de habilidades como la dialéctica, la lectura, la procrastinación o la matemática —que le serán del todo inútiles—, abandona la loncha y emprende la migración. Aún tiemblan sus velludas piernecitas cuando logra sostenerse en bipesdestación.

Por instinto, la cría se precipita al sustrato inferior, de composición más bien oleaginosa. Dada la naturaleza aerobia de esta especie, no son pocos los que perecen ahogados en este momento, sumergidos en un denso aglomerado, casi siempre pegajoso y traicionero, incapaces de salir a flote y respirar. Los pequeños que superan esta prueba, se alzarán sobre las extremidades inferiores, sus pies tocando fondo en la corteza harinosa, hundidos en queso y salsa de tomate hasta la barbilla.

Pero ¿por qué migran estas criaturas? ¿Qué las aboca a abandonar la seguridad de su loncha natal y adentrarse en un territorio hostil, donde les espera un largo y duro viaje, a merced de masas ardientes y movedizas?

Una antigua leyenda dice así:

Corre mientras puedas.
Corre hasta el borde
antes que caiga el frío metal
y el Gran Nágarah te devore.

Se conoce con el nombre de Gran Nágarah a una suerte de deidad que, según los antiguos, ocasiona bruscos temblores en la pizza y destruye o “devora” porciones de la misma.

K.S.R. lleva observando y estudiando al homo sapiens más de veinticinco años. En su opinión, por las circunstancias en las que viven, a los hombres no les queda más alternativa que migrar.

“Es cuestión de vida o muerte. Su instinto les conduce hasta el borde”.

En efecto, si permanecieran en la superficie, a cielo descubierto, los humanos estarían expuestos a diversos elementos nocivos de su hábitat: tormentas en forma de granizo salino; precipitaciones de líquidos irritantes y abrasivos de diferente densidad; sin olvidar, como alude la leyenda, tanto las manifestaciones sobrenaturales en forma de gigantescas hojas de metal de base afilada, como la misteriosa desaparición de grandes zonas de pizza. ¿Será obra de ese demiurgo despiadado que menciona la superstición?

Lo cierto es que, gracias a siglos de evolución, el hombre sabe de un modo innato que, sea lo que sea lo que desintegra la pizza, jamás devora los bordes. En el límite exterior está a salvo. Y aquellos especímenes que lo alcanzan tras una larga migración, harán una madriguera en sus cavidades y se alimentarán durante décadas de la nutritiva y esponjosa miga de sus paredes interiores.

Al llegar a la edad adulta, el hombre alza el vuelo desde el borde y viaja en busca de alguna gran loncha de chorizo, salami o beicon, con frecuencia en la superficie de otra pizza más lejana, si es que en la suya solo queda el borde.

Se posará en la loncha, desovará, levantará poco después el vuelo y, en un aire que apesta a grasa y cebolla, explotará en una nube oscura de polvo.

Pasteurizar | palabra del día – 5

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Estimado doctor,

Le hablaré hoy del sujeto número 16, varón de 33 años de edad, cuyo nombre en clave es “Magenta”.

Durante una conversación con su cónyuge (fecha 5-10-18), declaró: “es que… ya no te quiero”. Ella le respondió: “Ya lo sabía”.

Ante tal réplica, Magenta aclaró: “no, no es eso, Nines. Es que yo ya no soy yo“.

Magenta pasó por el túnel de lavado el 24-09-18. Por tanto, los efectos del experimento se han presentado en él con gran rapidez.

Al salir del túnel, como casi todos los sujetos, Magenta denunció el intenso calor, la larga duración del lavado con relación a otros túneles similares, las extrañas luces de colores y el olor “desagradable y agresivo”, consecuencia de los gases que introducimos en el interior del vehículo por las rejillas del salpicadero. Como a todos los que se quejan, se le entregó a la salida del túnel su compensación: el ambientador para coche modelo T-63, que lleva alojados un micrófono y un dispositivo de localización por satélite.

Los efectos se manifiestan más rápido cada vez. Eso quiere decir que las mejoras introducidas en el proceso están dando resultado. Sin duda estamos llegando a la combinación ideal de gases y rayos gamma.

Le informo, por otra parte, doctor, que en el seguimiento de los sujetos también estamos mejorando. G.M., nuestro colaborador a sueldo en la Policía, nos facilita con puntualidad las direcciones de los individuos que salen del túnel de lavado. Supongo que las encuentra asociadas a la matrícula del automóvil. En cuanto a J.P., aunque lleve más tiempo y sea necesaria la oportunidad, está haciendo maravillas con la instalación de cámaras y micrófonos en los domicilios de los sujetos observados.

Las grabaciones nos han permitido comprobar que manifestaciones como “ya no soy yo” tienen correlato en ciertas conductas recientes. Así, no solo Magenta, sino también Turquesa y Cian han sido grabados contemplando largo rato y con mirada inquisitiva todo tipo de partes de su cuerpo, como si les fueran ajenas.

Gracias a J.P., hemos sabido también que los sujetos del 1 al 9 han abandonado hace poco sus casas y habitan en comunidad varias zonas poco transitadas y frondosas de un parque de las afueras. Es como si, entre ellos, presintieran su existencia y paradero. Además —esto le gustará saberlo— hemos detectado que algunos ¡ya han empezado a mutar!

Todo según las previsiones. Mejor, incluso.

Tan solo hay algo en lo que no puedo transmitirle avances, doctor. Me pidió que pensara en un nombre científico para el proceso que tiene lugar dentro del túnel… Y que la humanidad adeudará por siempre a su genio… Y bien, de Pasteur, pasteurizar. Pero es que usted, doctor, se apellida Carnicero.

Le ruego que me auxilie en este asunto en particular. Apelo a su talento.

Un cordial saludo,

H.L.

 

Ilustración de Dasha Franco