Las cuatro estaciones

Cada invierno la tormenta
de frías y falsas certezas,
y la trampa en tu universo,
y esa sombra que nos acecha.

Cada una de tus primaveras
acaricio el terciopelo
de tu dulce hoguera,
en la que quemas
tiempo, carne, versos…

Cada verano me recuerdas
que no siempre lo que bien empieza
acaba en algo bueno.
Que somos criminales inexpertos,
atrapados en el argumento
de esta novela tan negra.

Pero como todo aquel que tropieza
siempre en la misma piedra…
Recupero algo de aliento
y vuelvo a silbar en la tormenta
y te acompaño en el sentimiento
y atrapo tus besos de euforia
y suplico los de protesta
y te regalo otra vida en bocetos,
en la que viajamos a ciegas.

Cada otoño persigo el eco
de tu canto de sirena.
Y te sueño despierto,
y eres llama en mis tinieblas,
y a la vez ese veneno
que me corre por las venas.

Distópicos

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Distópicos,
pronto nos supo a poco
ese sabor dulce
de unos labios tóxicos.

Espantaprójimos,
gigantes y monos,
rebaño ilustre
y tal vez glamuroso,
orgullosos microbios
estirpe de Júpiter,
que sentimos a lo tonto,
y vivimos a lo loco
mientras quedaban impunes
nuestras frases de plomo.

Pseudosimétrica,
los domingos, los viernes, los lunes…
perseguías falsas cumbres
y fingías gozar los bucles,
fingías gozarlo todo,
flotando entre tus nubes
de magia cara, magia en polvo.

Asincrónica,
derramabas lágrimas en mi hombro
después de pintar tus logros
y maquillar nuestras virtudes.

Alteroscópicos,
marchitas hojas de octubre,
nos supo a poco
incluso el reposo.

Pluripatéticos
y nadapoderosos
no pudimos salir del túnel.
Nunca hallamos el fondo
de este foso
ardiente y lúgubre.

Se desinfló nuestro globo
y entonces estuvimos solos,
monocromos
entre la muchedumbre
y su eterno cruce
de corazones rotos
bombeando escombros.

De repente yo, fantasmagórico,
soñé que algún día
todo sería de otro modo.

Soñé con un lejano otoño.
Era octubre más allá de los bucles.
Y éramos distópicos,
y aún letales y tóxicos,
pero, al fin, inmunes.

Precipicio

Fue en un vuelo rasante sobre tu piel.

Perdí el control y el equilibrio
y caí por este precipicio
en los límites de tu dominio.

Y ahora abrazo este abismo,
el gélido esqueleto de una utopía
ayer vestida de domingo.

Dejaste entrar en tu laberinto
a este cruel asesino,
verdugo de tus ilusiones
y que, antes de entrar, ya estaba perdido.

Si bien, de improviso,
alcancé el confín de tu mirada
y entendí que no era mi sitio,
que yo allí nada pinto…
pinto, gorgorito,
¿dónde iba yo, tan bonito?
y desorbitado y decapitado,
coleccionista de vacíos,
negros ríos de calamidad,
y vocablos tan exquisitos…

Como letales.

Ya no cabe volver al principio,
revivir nuestro festival
de embrujo y cataclismo.

Ya no cabe ser los mismos.

Hoy comienzo a caminar
en el fondo del precipicio.
Tu nombre vaga en mis venas
y estrangula mi destino.
Será que aún viajas conmigo.

O será solo que… Te añoro,
luego existo.

Presentar batalla III

Si cierro los ojos, el eco de una risa de mujer baila en las sombras.

Si los abro, continúo adentrándome en este bosque, donde sé que, en algún lugar, ella se encuentra abatida. El sol desciende. Sorteo los árboles. Me apresuro. Pronto estaré de vuelta, a dondequiera que yo pertenezca.

Hojas y ramas crujen bajo mis pies. Huele a primavera. Pero el canto de los pájaros tiene un eco sombrío y metálico. No debo dejarme engañar.

Mis palabras tienen también cierto eco extraño, estremecedor. Si las pronuncio en voz alta son vapores fantasmales que se retuercen y expanden, tal vez secuestradas de otro mundo, de otro bosque mucho más lejano y menos luminoso en el que caen como bombas. Un bosque de cemento, angustia y cristal.

¿Qué es este lugar? Cierro los ojos.

Pienso que en estos días, gracias a las máscaras, hemos redescubierto los ojos. Y ahora sabemos que no son del todo suficientes para interpretar, para confiar… No, no son el espejo del alma, como dicen. Quizá sí el espejo del ánimo. Pero el ánima… es algo más esquivo, más pesado. No se deja exhibir así, tan fácil.

Todo ha cambiado. Sin embargo, legiones de sonámbulos hambrientos de pasión creen que muy pronto todo seguirá igual, que nada se ha derrumbado y que su bienestar está intacto a pesar de la pandemia. Tienen gente. Tienen cosas.

Esta vez tampoco aprenderemos la lección. El universo está lleno de violencia, destrucción, cambio. Contra la gente. Contra las cosas. Pero nuestra sociedad sobreprotectora ha anulado nuestras defensas, amamantando individuos que no saben sobrevivir. Saben solo consumir… Consumirse.

Ya llego. Es en este claro del bosque. Puedo ver la figura tendida sobre el pilar. Es una mujer, aunque resulta difícil determinar su edad. Hay otra mujer junto a ella, de pie, con el uniforme verdoso de una enfermera debajo de un plástico. Sus ojos brillan sobre la mascarilla. Sin mediar pregunta, llego y me informa sobre la figura tendida.

—Está infectada.
—Le daré un beso en los labios, para que despierte. Como en el cuento —sugiero yo.

Guardamos silencio. Los pájaros chirrían. Y los ojos de la enfermera brillan. Ellos sí… parecen ahora el espejo de algo más grande que el ánimo.

Espejito, espejito… ¿qué es lo más hermoso de este reino?
Pero no hay respuesta. O quizá los ojos no sean esa clase de espejos… Los mágicos.

Esto es una despedida. Ya no hablaremos más. Porque no puedo. Llevo el peso simultáneo de la inocencia y de la culpa.

Soy inocente por haber perdido en esta crisis la facultad de engañarme a mí mismo. Como consecuencia, en un futuro próximo personas importantes se alejarán de mí.

Soy culpable por ser ese duende diabólico que rebusca en el estómago vacío de un centro comercial el analgésico para el confinado, el alpiste para su jaula, empañando así su mirada, ayudándole a creer que todo puede y debe seguir igual.

Oigo caer las palabras como bombas en el bosque de cemento, angustia y cristal. Es tiempo de buscar refugio, buscar espejos mágicos, reflexionar antes de rearmarme y volver a bombardear.

¿Oís ese eco sombrío y metálico? Espero que estéis bien. Adiós.

—¿Besarla, dices? —hablan los ojos sin magia de la enfermera—. No querrás infectarte…

GULA

Un poema ilustrado.

Recomiendo descargar el archivo PDF y ver en un ordenador.

Pincha en la imagen…


Gran calibre

Somos tantos miles
de presos aprendices
que no sienten culpa,
ni confiesan crimen…

Enfermos sin cura
con el mal de las alturas.
Esclavos de lo que dicen,
que, perdidos en su propia jungla,
terminan dándose furia
pero paz ninguna.

Vino esta mala gripe,
microscópica gran excusa,
a subir la temperatura.
Más combustible
para esta hoguera de infelices
con sed de fama y aventuras,
pero con la más triste
de las figuras.

Somos teatro, somos cine.
Te dejo que me mimes,
pero solo si me sigues.

Y, sin perder la compostura,
asistimos a este desfile
a través del ojo de la aguja,
sin romper la hucha
de las dudas
de gran calibre.

Hoy eufemismos, mañana abreviaturas.
Mascaradas sin mesura.
Cazas de brujas.
Suma y sigue.

Pero, si los milagros existen,
ojalá, tras esta bruma,
emprendamos las fuga
de esos yos que ahora resisten.

Y seamos irreconocibles.
Y confesemos culpa,
y crimen.
Y todas esas dudas,
aleluya,
de gran calibre.

Advertencias de leones

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Presentar batalla II

Mejor en una jaula

Somos estatuas de sal deseando recorrer de nuevo nuestro Infierno diario.

Hola, amigo. Si te hace ilusión, te dejo hacerte una bata sanitaria con una bolsa grande de basura. Que sé que quieres ir al súper a por esa levadura que te falta para hacer toneladas de bizcocho.

Hola, amiga. Te dejo sonreír debajo de la mascarilla, y susurrarme lo que te afecta y lo que te infecta. Cuéntame tus síntomas: esa diarrea tuya de emociones binarias y esa fiebre a la que ascienden tus temores. Cuéntame que estás en peligro. Qué llevas mucho, mucho tiempo encerrada contigo misma.

Dicen que nos recuperaremos de esta crisis. Y dicen que lo haremos en forma de V. ¿Verdad que hay letrás más interesantes que recorrer? Una R. Una G… En cualquier caso, ojalá sea una de esas uves minúsculas que acaban en un giro de 360 grados y un rabito hacia lo desconocido, lejos de aquí, más allá de la Cúpula del Trueno.

Hola, ciudadan@. Te dejo pasear tu hastío en el recreo de los confinados hasta que decidas que esto va a cambiarte la vida y no quieras volver a tu otra jaula, la exterior, en la que consumes cada día materia y emociones. Solo en el papel de consumidores nos sentimos todopoderosos.

Hola, consumidores. Os dejo reclamar y exigir en vano la devolución de este tiempo oscuro. Os admito el cambio, pero no del tiempo perdido, y sí de vuestro espíritu.

Sé que volverás, aprendiz de estrella fugaz, a hacer alarde de esas cosas que comes, bebes, lees, miras, manipulas… Crees que te hacen diferente. Sin embargo, a eso que desafía tu supervivencia, por minúsculo que sea, le da igual lo que comes, lo que bebes, lo que lees, lo que miras, lo que manipulas, lo que amas… La enfermedad y la muerte nos igualan a todos.

En el súper bien. Hay trabajo. Ahora somos esenciales, dice el Gobierno. La gente preocupada por no aburrirse visita a la gente preocupada por no contagiarnos. Pero cuando me preguntan dónde está algún producto que no encuentran, dan un paso para atrás cuando les hablo. Como si mis palabras fueran el virus. Y, no sé… Podrían serlo. Se disgustan cuando se agota la harina, la levadura, el jengibre… y no pueden seguir haciendo esos pasteles que les mantienen a salvo de aquello que esté cocinando su propio cerebro.

Me ha parado la policía en dos ocasiones al salir de trabajar. Les he enseñado un papel que me dieron para justificar que puedo salir de casa. Lo miran con un detenimiento infinito. Quizá sospechan que he salido a la calle porque también estoy aburrido, o se me han acabado los snacks. Que no me quedan series que ver o aire que respirar.

Los días que trabajaba por la mañana he acudido a la ventana a las 20:00, para aplaudir. Una vecina del edificio de enfrente nos saluda, aunque no la conocemos. Mis hijas se han dado cuenta de que en ese edificio vive una profesora de su colegio. Y también una amiguita de no sé qué clase extraescolar. Menos libres, menos ciegos.

Me llegan muchos vídeos de gente encerrada. Me hace pensar que algunos de ellos ya estaban enfermos antes de la cuarentena. Otros muchos son realmente creativos en prisión. En definitiva, están o son mejores dentro de una jaula.

Katia, mi hija pequeña, hace muchos dibujos estos días. El último es un autorretrato en el que se ha dibujado con guantes. Guantes y sonrisa. Guantes y ojos bien abiertos. Lleva medio mes sin salir de casa. Ni siquiera para gritar ahí fuera, pregonando en medio del Infierno que papá, mamá y todos esos mayores que ve en las ventanas y en los balcones se han convertido en estatuas de sal.

Katia_guantes

 

Quédate en casa

Presentar batalla

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Tenía que ser justo en esta época.

Una época de don nadies queriendo ser alguien, a golpe de likes, tan pagados de nosotros mismos.

Y, de pronto, llega el monstruo, tan gigante que ni siquiera podemos verlo, y nos hace probar la lona del ring.

Ahora es más importante diluirse que destacar. Ningún nombre propio en la primera línea de batalla.

Aun así, sabéis quién soy. Ese otro don nadie que vive en Madrid, donde el COVID-19 ha infectado ya a 4871 personas y han muerto 355 personas. Datos del 17 de marzo.

La mayoría de la gente está en casa por decreto, para no propagar el virus. Yo llevo tres días sin salir. Pero trabajo en una organización privada que hace negocio también con los supermercados. Ayer me pidieron que les echara un cable en ese área. Hace falta y les dije que sí.

Cuando salgo a la calle la cosa está un poco cambiada. En el andén del tren, un militar de negro le pide a unos chicos que se separen un poco, no sea que se contagien su necedad. El militar les saca dos cabezas, lleva gafas de sol, lleva un subfusil. Los chicos sonríen después —payasos—, un poco a escondidas —una de las ventajas con las que juega este tipo de apocalipsis es que, al principio, no te lo acabas de tomar en serio. Demasiado similar a tanta serie americana de ficción—. Los chicos ponen entre sí la áurea magnitud de un metro en el banco en el que están sentados. Es un época de don nadies como ellos y de medidas, muchas medidas. Mis ojos están a un metro de los tuyos. Mi labios a un kilómetro de los tuyos. Mis oscuras ideas a un pársec de las tuyas. 

Dentro del tren huele a lejía y a soledad. No hay muchos viajeros. Pero puedo asegurar que, hace unos días, no había tanta mascarilla, ni tantos guantes, ni tanto miedo.

Yo no llevo mascarilla, de momento. Dicen los médicos que es para los infectados. No me asusta el virus. Sí que me preocupa llegar a casa con él, malintencionado polizón en mis entrañas. Y que mi familia pueda contagiarse por mi culpa. Ahora, en el súper, estaré más expuesto… Procuro llevar las manos en los bolsillos, excepto para escribir estas palabras en el móvil. No toco barras, ni barandillas, ni pasamanos…

Lo que me asusta de verdad es la gente. Encontrarme cara a cara a esos conciudadanos egoístas, algunos tal vez nerviosos, algunos quizá fuera de control. Me da miedo confirmar el comportamiento ruin demostrado estos días por esas personas que arrasaban supermercados, dejando estantes vacíos, sin importarles si habría para los demás. Me da miedo decepcionarme.

Aunque quizá a estos seres habría que darles un diez en supervivencia. En ganas incondicionales de vivir. Igual yo no reaccioné a tiempo, o ya me he reproducido y cumplí mi función como espécimen, o no me asusta tanto el fin; y por eso, merecidamente, llegué tarde, me quedé sin toallitas, sin hidroalcohol, sin zumo de naranja del bueno…

Esos canallas sobreviven, igual que el virus. Porque, es cierto, nuestra cándida sociedad de bienestar ha eliminado muchos mecanismos de selección natural. ¿Qué diría Darwin de nuestra sobreprotección? ¿No se echaría las manos a la cabeza? ¿No preguntaría: Dios mío, es que no vais a dejar que nada seleccione a los más aptos?

Hemos dejado a la muerte fuera del guión. Tanto que cualquier amenaza es una tragedia. No consentimos que nada nos diezme.

Así que el virus es el problema, el enemigo. Y hay que presentar batalla. Yo voy al ejército del súper.

Pero mañana la superpoblación será el problema, dice bajito sir Charles, lo oigo susurrar desde la tumba. 

He recolocado botellas de vino durante toda la tarde. Las iba metiendo en un carro para poder limpiar bien los estantes. No llevo el uniforme del supermercado y cuando un cliente ha pasado cerca de mí y ha visto que tenía unas cuarenta botellas de vino en el carro, él sí ha empezado a tomarse en serio el apocalipsis. Hemos cerrado a las 20:00, horario de emergencia por coronavirus. Algún espíritu puro, abstraído de la mundana realidad que vivimos, ha entrado en el súper más o menos a esa hora, creyendo que aún se cierra a las 22:00 o incluso a las 23:00, sin importarle cuántas horas estamos expuestos a la pandemia la gente que procura que él tenga suficientes cotufas y refrescos para seguir viendo sus series preferidas y reenviando memes al universo. 

He visto a un guerrero biológico. Mascarilla, gafas, envuelto en plástico azul. Con prisa.

Y he visto a una chica joven coincidir con una amiga. Ha confesado con vehemencia que estaba “hasta la polla de su familia” y le ha preguntado a qué hora suele ir a comprar, para verse ahí mismo. Me han entrado ganas de quedar con ellas también. Proponerles no sé… Quizá podemos recitar poesías, si queréis. Abrimos una botella de cava… Oye ¡qué bien! Tenemos plan.

Cretinas.

Yendo hacia el súper me he fijado en el interior de una tienda de moda desierta. Se había levantado aire. Por alguna rendija se colaba esa brisa y hacía que el vestido de una maniquí bailara. Le confería vida. Me ha parecido que esa chica de mentira estaba más viva que muchas otras cosas.

Otras dos esbeltas y estáticas amigas suyas miraban inquietas hacia el exterior, vestidas de equinoccio.

—¿Tampoco va a venir nadie hoy?

Invitadas a la fiesta de la primavera, que no se sabe si este año empezará.

Espero que esto sea una especie de diario. Acerca de mi necesidad de presentar batalla. Y espero que os parezca bien acompañarme. Eso sí, vuestros corazones a un metro de distancia.

 

Ahí fuera no hay niños. No hay niños en ninguna parte. Es el Averno.

Espero que estéis bien.

Cuarentena de blogs

giomask

Saludos a todos. Espero que estéis bien.

Por aquí en Madrid nos ha tocado estar un temporada en casa, para evitar más contagios de coronavirus. Quizá esto conlleva más tiempo para entretenerse con las redes. Y para leer.

Así que quería proponeros la justa y amena visita de la siguiente:

#cuarentenadeblogs

Alicia Adam
http://aliciaadam.com

Ana Centellas
https://anacentellasg.wordpress.com

Así, como un 8 tumbado
https://comoun8tumbado.wordpress.com

Cafés para el alma
https://cafesparaelalma.wordpress.com

Carlos Vera
https://carlosveraletras.wordpress.com

Blog de Aldegunde
https://jaldegundep.wordpress.com

Deseo indigno
https://deseoindigno.wordpress.com

El blog de Dante Verne
https://danteverne.wordpress.com

El blog de Fabio
https://blogdefabio.com

El blog de Julio Alejandre
https://julioalejandre.com

El blog de Lídia
https://lidiacastronavas.wordpress.com

El blog de Mae
http://elblogdemae.com

El lobo está aquí
https://elloboestaaqui.wordpress.com

Emociones encadenadas
https://emocionesencadenadas.com

Free Trip Downl Hop Music Blog
https://freetripdownlhopmusicblog.wordpress.com

Historias con Hache de Herce
https://historiasconhachedeherce.wordpress.com

jllopart
https://jllopart.wordpress.com

Kobo 73
https://kobo73.wordpress.com

La casa que arde de noche
https://lacasaqueardedenoche.wordpress.com

Las crónicas del Otro Mundo
https://lascronicasdelotromundo.wordpress.com

Laura Urcelay
https://lauraurcelay.wordpress.com

Letras & Poesía
http://letrasypoesia.com

Lily Guajardo
https://lilyguajardo.wordpress.com

Luces y Sombras
http://lucesysombrasopinion.com

Luna Paniagua
https://lunapaniagua.wordpress.com

Maldito Silencio
https://elmalditosilencio.wordpress.com

MaruSpleen
https://maruspleen.wordpress.com

Poesía de Lucio Data
https://poesialuciodata.com

Poetas Nuevos
https://poetasnuevos.wordpress.com

Radio Libre Albemut
https://radioalbemut.wordpress.com

Salto al reverso
http://saltoalreverso.com

Sentimientos Azules
http://sentimientosazules.blog

Solo tú lo sabes
https://solotulosabes.com

Sonrisas en el camino
https://www.sonrisasenelcamino.es

Sublimaciones de un ermitaño
https://sublimacionpoetica.wordpress.com

Sunset Poet
https://lesmansillablog.wordpress.com

Tejiendo las palabras
https://haciendomagiaconpalabras.wordpress.com

Velehay
http://antoncaes.com

Versos con vida propia
https://versosconvidapropia.wordpress.com

Vieja Loba de Aquelarre
https://viejaloba.wordpress.com

También estaría muy bien visitar la Lista de Libros Autopublicados que confeccionó Paula de Grei

 

Gracias. A leer y a resistir.

Un saludo para todos,

Tony.

La Creación

En el principio creamos Belleza
y también cierto equilibrio,
salvo por el cielo
preñado de tormentas
que pusimos sobre nuestras cabezas.

Haya luz, dijimos.
Y ardieron millones de estrellas,
nuestras luces de emergencia.

El segundo día creamos los océanos.
Nos fuimos de pesca
y pescamos sentimientos
por haber mordido el anzuelo
de aquellas primeras promesas.

El tercer día hicimos el resto:

El fenomenal estruendo
que amansa a estas dos fieras
que llevamos dentro.
El recorrer desiertos
que solo encuentro en tu cuerpo.
Y el soñar despiertos
que salíamos de la miseria
por habernos tocado el premio
de chocar en medio de esta selva.

Seguimos creando luego
los accidentes, las circunstancias, las anécdotas,
la eterna lucha contra el tedio,
los postres a medias,
la vida con sabor a fresa,
contar las veces que pestañeas,
contar todos mis silencios,
como dos niños traviesos
que nunca sufren, solo juegan.

Y por seguirnos el juego
el cuarto día, en el recreo,
quisiste ser mujer de piedra
adicta al fuego.
Una mujer sin miedo.

Y yo, más ingenuo de la cuenta
quise ser hombre de acero
pero que tiembla si estás lejos.
Un hombre ciego,
nacido justo en tu reverso,
y que lleva en una caja de galletas
todos los vientos,
para soltarlos en el supuesto
de que algún día llame a tu puerta
y no esté abierta.

Este hombre que recuerda
el dolor en sitios inciertos
y cómo se apresan,
aunque no cómo se gobiernan
todos esos yos detrás de los espejos
y todos esos tús que dejan sin aliento.

El quinto día, quizá sin quererlo,
nos volvimos maquiavélicos.
Convertimos primaveras
en inviernos.
Creamos caos y misterio,
aun fuera de contexto.
No hubo sentido, no hubo respuestas.

Así parimos los demonios que nos acechan.
Menudo invento, menudo acierto.
Menudos arquitectos.

Fuimos malas bestias
desfilando en este circo de sombras y espectros.
Fuimos balas perdidas escupiendo balas certeras.

Sentimos nostalgia de una madriguera
sin frío ni problemas
mientras definíamos la metafísica de este puzle sin piezas,
y el dejarlo todo para luego,
y nuestras ganas de descenso
a lo más profundo del Infierno.

Nunca despertábamos de aquel sueño
en el que era yo un coyote de inútil ingenio,
el fracaso por reino,
y eras tú un correcaminos que acelera,
que se aleja en la carretera
y deja a este ciervo
atropellado en la cuneta.

Concebimos la alergia
a un tiempo distante, a un tiempo nuevo,
nuestro tiempo de descuento.

Ideamos el puñal, como analgesia.

Y por fin la fe en que todo lo anterior no es sólo un recuerdo
creado hace un momento,
apenas,
creado al mismo tiempo
que todo lo primero.

Cuando llegó el día sexto,
hecho una pena,
hecho un poema,
me puse a cubierto,
casi sin fuerzas.

Tú eras ya todo destellos.
Un cometa entre las esferas.

Tú, el puñetero centro del universo.

Tú, qué sorpresa,
pues justo tú sabes cómo deshacerlo,
todo esto.
Y solo con chasquear los dedos
podrías acabar con lo que queda:
esta vida, este juego,
esta tragedia, el firmamento…
Cualquier cosa sobre la tierra.

Podrías coger mi mano y susurrar en mi oído,
como si fuera un secreto,
que es el fin, pero que esté tranquilo,
que todo se hace añicos,
y que ahora llega,
con este verso,
el final de la fiesta.

Podrás cerrar mis ojos,
darme el último beso
y apagar la Luz.

Reinventarse

Yo que intentaba salir a flote
y ahora me hundo en el desastre.
Tú a merced de los tiburones,
tan veloces, tan voraces,
atraídos por la sangre
y el rugir de tus volcanes.

Tal vez fuimos torpes.
Dos amantes kamikaces
con derecho a choque,
más constantes que vitales
y la tragedia por deporte.

Fuimos los últimos de la clase.
Faltamos al cole
cuando tocaba lección de amarse,
desarmarte, fulminarme…
incendiar miradas en la noche.

Los monstruos nacen, no se hacen,
así que más pronto que tarde,
aun con el alma hecha jirones,
resta solo reinventarse.
Y esa es la clave.
Y esa es la llave
de los viejos corazones.

Nunca fueron buenas segundas partes…

Pero quiero sacarte los colores,
y ponerlos en el horizonte,
Cubrirte de flores,
y rogarte que seamos esos caminantes
que felices repiten todos sus errores.

Brillar en la oscuridad

Estimada humanidad,

Todo aquello que vale la pena,
vale la pena incluso hacerlo mal*.

Pido por eso clemencia.
Pido la voluntad.
Pido seguir contando estrellas,
y caminar sobre esta cuerda,
y mi derecho a tropezar.

Fui trapecista, fui criminal.
Fui una calamidad
entre las hadas y las fieras.
Fui sumisa marioneta
al final del sedal.

Salté en vuestra ruleta
—rojo, negro, par, impar…—
sin saber a ciencia cierta
si en esta canción tan vieja
era yo el depredador o era la presa.

Conocí justicias ciegas,
hombres de bien, hombres de mal,
mujeres guerreras,
niñas princesas…

Malvendí mi inocencia
para poder pagar
un viaje a las afueras
de esta realidad de cartón-piedra.

Y, ya de vuelta,
quise haceros vibrar
invocando monstruos con poemas.

Sembré de magia negra
tierra, aire y mar.
Coseché fantasmas y quimeras
y llené de agujas un pajar.

Y, llegada esta fecha,
he de confesar
que algo de pólvora me queda,
suficiente para incendiar
algún rincón de esta ciudad,
y llorar, y maldecir, y recitar,
y brillar juntos por un instante, en plena oscuridad.

Prometo visitaros desde mi planeta
mientras llega el final,
porque creo que vale la pena,
vale la pena incluso la espera.

Así que agradecido por esta oportunidad,
muy atentamente echa a volar,
entre el humo y las centellas,
este humilde pintor de ausencias.

* Frase de G.K. Chesterton.

Antártida

 

Y ahora dices que existes
en esta tierra más cálida,
a un tiempo dulce y agria,
tan lejos de nuestra patria.

Pero, pises donde pises,
serás siempre de la Antártida
y de todo lugar vacío y simple,
ajeno a la matemática
de lo cruel y lo visible.

Cual torpes bailarines,
esculpimos en hielo nuestras páginas,
aquella fábula mágica:
un pato feo enamorado de un cisne,
o tal vez de una máquina
con ojos de lince
que daba saltos mortales y triples
ayer elástica, hoy inflexible.

Vivimos horas tan rápidas
como el hechizo de una esfinge,
yo intencionadamente triste,
divina melancolía abstracta
como la de aquellos tres tigres.

Y tú gélida, feroz y blanca…

Porque aunque ya no lo grites,
seremos siempre de la Antártida.

Todo llega

Todo muere, todo empieza…

Chillamos como cerdos
en este dulce matadero
donde todo muere, pero todo llega,
como lluvia de pétalos en la mano,
como la miel de los días soleados.

Quizá es cuestión de métrica
la ingeniería de un abrazo,
la alquimia pluscuamperfecta
de todas esas…
tus palabras muertas entre mis labios.

Giramos entre las esferas,
torpes, párvulos, envenenados
por el aguijón de los años.

Todo muere, aunque todo llega
tras las cenizas de esta era,
mientras tú y yo nos comemos
al compás de nuestro fuego.

Arrancaré promesas de tu lengua,
y si te vas, si te alejas,
guardaré el eco de tu alma
diez sombrías primaveras.

Construiré el mañana que nos aguarda
con esa frágil esperanza
de que todo muere pero todo llega,
y todas las cosas amenazan
y siempre se reflejan
en tus ojos de tormenta.

Incendiario

 

Se me enciende el alma…

Y creo escupir verdad
cuando vomito leones
contra todos esos corazones
que solo quieren paz.

Se me enciende el alma
cuando juego con ventaja.

Y lo consigo…
en-can-tar
e incendiar las emociones,
aunque no dejo de temblar
anhelando más calamidad,
comiendo más peones,
en el juego de la noche,
jugando a hipnótico ejemplar
de animal desnudo y de juglar
encerrado en esta torre.

Séptima Guerra Mundial

 

Fue en la Primera Guerra Mundial
que tropezaron en este nudo
nuestros ciegos mundos,
hambrientos de oscuridad.

Fue en la Segunda Guerra Mundial
que nos colamos por el embudo
de lo feroz y de lo absurdo.
O sea, nosotros, en general…

Dulce niña del cucurucho,
que asediaste todos mis muros,
desvelándote mujer fatal
detrás de tu gran escudo.
Mientras yo, sanguinario mariscal,
fui el torpe dramaturgo
de la siguiente: la Tercera Guerra Mundial.

Sin duda recordarás
que fue en la Cuarta Guerra Mundial
cuando lo muy mío y lo tan tuyo
inventaron este concurso
en el que muere el primero en disparar,
por algún extraño embrujo.

Quedaba amor por bombardear,
en la Quinta Guerra Mundial.
Y, con furia y tumulto,
bramaron los cañones del orgullo.
Hubo en los besos maldad.
Hubo fuego en el paladar.
Hubo batallas sinnúmero.

La Sexta Guerra Mundial,
a falta de paz,
nos trajo el infortunio
de obviarnos por desuso.
Ayer cargados de electricidad,
nos negamos todo saludo
que no fuera militar.

Divídenos y vencerás
en esta, ya, la Séptima Guerra Mundial
de animales ilusos
hirviendo en alquitrán
con sueños más que difuntos,
que aún combaten pertinaces y nocturnos,
víctimas de su ley marcial:

Querer ser más
queriendo ser solo uno.

Rumiantes

Rumiantes de conceptos,
almas llenas de vértigo,
traficantes de los sueños,
melancólicos falsarios,
marionetas por defecto
y siervos de mil verbos…

Animales cartesianos,
recibid mi abrazo gélido.
Traspasad de mi mano
mi horizonte de sucesos.

Corazones amargos,
seréis un día mi frugal bocado.

(Fragmento del poema gráfico Gula. Próximamente)

La bruja errante

Gran oferta

Miradas que se cruzan al azar,
como rayos en la tormenta.
Da comienzo el festival,
la demanda de emergencias.

Solo hoy la Gran Oferta,
limitada y temporal,
de desdicha sin cesar.

Llegaremos a mil vueltas
danzando con la vanidad,
esclavos de su espiral
y de su efímera belleza.

Seremos almas en pena
que esperan un más allá,
aunque sea solo una hoguera
a años luz de la materia,
donde nuestros pasos y nuestra verdad
se queman.

Otro giro en la noria

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Que la vida no es simple ni redonda.
Que requiere el crimen de muchas horas
y, además, sin errar el tiro,
matar como a mosquitos
el futuro de tantas cosas…,
sin cavar tu propia fosa.

Dar pasos hacia el abismo
ocultando el rostro de derrota,
y lo inerte y lo definitivo
y la manzana en la boca,
tal vez fingiendo brillo,
quizá un ansia depredadora,
aunque solo masquemos sombras
y en los susurros clandestinos
haya más pena que gloria.

Que nos hiere cada giro,
cada vuelta en esta noria.

El perro azul

 

Fue el miércoles, durante el desayuno. Tras el segundo mordisco en mi donuts rosa, que al rato fue verde —verde hierba—, aparecieron delante de mí Raquel y Nerón. Ella con el pelo de color azul pitufo, y él —todo él— del mismo color.

—Este chucho asqueroso me ha mordido —denunció Raquel.

Han pasado ya varios días y no se sabe aún qué pasó. Si fue Nerón el que mordió a Raquel, y por eso tiene el pelo de color azul, o fue ella, después de teñirse, la que mordió al chucho y Nerón es ahora un terrier de color azul —es verosímil. Esa chica es una salvaje y solo come palomitas dulces.

Lo único seguro es que esos dos zascandiles la han liado pero bien esta vez, trastocando el orden natural con sus travesuras de colores. Y hoy, si uno mira por la ventana del piso que da al oeste, ve un parque de color turquesa, con sus arbolitos rosas y su estanque amarillo.

Raquel estornuda nubes de un tono azul petróleo. El agua del grifo sale magenta.

Y no hay forma de ir al centro en coche si no entiendes que, en cada semáforo, el tercer disco luminoso empezando por arriba hay que tomárselo como una luz verde, a pesar de ser más o menos morada, como una ciruela.

Pájaro de tormenta

Un grito en el bosque

Maledicencias

 

Atrapado en este rincón

yo maldigo

nuestro común divisor

y los caracteres retroactivos.

 

Maldigo esa clase de brillo

tras solo pulsar un botón.

 

Maldigo el terror al reloj.

Y aterrizar con artificio

desde el espacio exterior

solo por rizar el rizo,

por ser un simio superior.

 

Yo maldigo

al que remueve los ríos

para ser buen pescador.

 

Maldigo

al que sirve a ese viento traidor

que arrastra clamor

y no es más que ruido.

 

Sí, pequeña, yo maldigo

los escombros de esta dimensión,

pues hoy muero de frío

en este oscuro rincón

donde una vez nos quemamos vivos,

abrazados tú y yo.

Fiera luz

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Creer, crecer.

Flotar, soltar.

Calmar la sed.

Saber estar.

 

Entrar con buen pie.

Salir de lo normal

y despertar

por algo que soñé.

 

Provocar, tentar,

cambiarlo todo de lugar

y, al menos una vez,

dudar de lo que ves.

 

Sumar, multiplicar.

Cosechar versos de más.

Un segundo de cero a cien

y kilómetros de brasas por recorrer.

 

Pocas piedras, menos tijera y más papel.

Nunca jamás… hablar por hablar.

Amerizar, alunizar, alucinar.

Embriagarse de ser.

 

Robarte un lunar.

Amar sin querer.

Y, qué más da,

perder el último tren.

 

Tartamudear siempre que estás.

Gritar si no te puedo alcanzar.

Y en algún más allá,

caer por perder

nuestro equilibrio sin red.

 

Caer en tu lugar.

Y en tu fiera luz…

anochecer.

Saltar en pedazos

Six Gods

 

Por no medir las palabras.

Por maldiciones y emboscadas.

Por creerse superbárbaros.

Por tantas caricias afiladas…

Colorín colorado,

se consumieron, al fin y al cabo.

 

Y como monos en el agua

pronto bucearon

dentro de una caja.

Los peces tontos del acuario,

que por algún motivo arcano,

y a mil besos de distancia,

volvían siempre a casa,

a aquellos mismos brazos,

aunque les costara caro.

 

Tan bohemios como malvados,

reiniciaban

su siniestra maquinaria

de respuestas trampa.

 

Se les hacía tan extraño

ser el cazador cazado,

dejar la furia aparcada…

no matar las moscas a cañonazos.

 

Así que se echaron el último vistazo,

mientras su orgullo contraatacaba

y su doble filo rondaba sus gargantas.

 

Se dieron el visto malo.

Vertieron la hiel de su mirada

sobre sí mismos, dos fantasmas.

Pues, al fin y al cabo,

y colorín colorado,

su cuento se había acabado,

cómplices los dos de asesinato,

catedráticos del amor y de la mafia.

Tristes malas ratas.

Cacorrománticos

que aniquilaron la magia

con aquella rabia, con tanta calma

como se aplasta una cucaracha.

 

Ayer, al fin, quedaron

para saltar en pedazos.

Mañana empiezo

 

Mañana empiezo, lo prometo,

la dieta de sangre y dinamita

y la gran carrera por tus venas.

 

Mañana fijo el blanco de mis versos.

Mañana le hago la zancadilla

a nuestras almas en pena.

 

Mañana Rock y puntería.

Manzanas a las cabezas.

Y a las manzanas flechas.

 

Y ya, si eso…,

terminar lo que empiezo,

poner del revés la vida,

revolver y volver a empezar,

robar de la trampa el queso

y cada noche tu medicina,

en su justa medida…

 

Que es mejor esta enfermedad

que su maldito remedio.

Mi abismo preferido

 

Te invito a que abras la puerta

de mi abismo preferido.

Allí es donde acaricio

sueños y panteras.

Allí bailo con delirios.

Allí no crece mala hierba.

 

No tardes, ardilla, entra

en mi abismo favorito,

y despacito,

buena letra,

descubrirás conmigo

que vale la pena

hacerle al dolor la guerra,

matar los puntos suspensivos,

enterrar las horas muertas

y olvidar esas afrentas

que algún diablo puso y quiso.

 

Entra rampante, a toda vela.

Sobrevuela

lo humano y lo divino.

Suelta tu cobriza melena

y que alcance las estrellas,

presas de nuestro hechizo,

hoy dicharacheras.

 

Que aquí somos forajidos

y escapamos, Cenicienta,

de aquel invierno tan frío

y del más letal asesino:

el Tiempo y sus esferas,

que nos devoran vivos.

 

Vamos, niña, entra,

corazón perdido

en veredas soñolientas.

Nos probarenos mil caretas

para ser siempre los mismos,

tú y yo de cualquier manera,

fugaces y clandestinos

en mi abismo preferido.