Un grito en el bosque

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Maledicencias

 

Atrapado en este rincón

yo maldigo

nuestro común divisor

y los caracteres retroactivos.

 

Maldigo esa clase de brillo

tras solo pulsar un botón.

 

Maldigo el terror al reloj.

Y aterrizar con artificio

desde el espacio exterior

solo por rizar el rizo,

por ser un simio superior.

 

Yo maldigo

al que remueve los ríos

para ser buen pescador.

 

Maldigo

al que sirve a ese viento traidor

que arrastra clamor

y no es más que ruido.

 

Sí, pequeña, yo maldigo

los escombros de esta dimensión,

pues hoy muero de frío

en este oscuro rincón

donde una vez nos quemamos vivos,

abrazados tú y yo.

Fiera luz

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Creer, crecer.

Flotar, soltar.

Calmar la sed.

Saber estar.

 

Entrar con buen pie.

Salir de lo normal

y despertar

por algo que soñé.

 

Provocar, tentar,

cambiarlo todo de lugar

y, al menos una vez,

dudar de lo que ves.

 

Sumar, multiplicar.

Cosechar versos de más.

Un segundo de cero a cien

y kilómetros de brasas por recorrer.

 

Pocas piedras, menos tijera y más papel.

Nunca jamás… hablar por hablar.

Amerizar, alunizar, alucinar.

Embriagarse de ser.

 

Robarte un lunar.

Amar sin querer.

Y, qué más da,

perder el último tren.

 

Tartamudear siempre que estás.

Gritar si no te puedo alcanzar.

Y en algún más allá,

caer por perder

nuestro equilibrio sin red.

 

Caer en tu lugar.

Y en tu fiera luz…

anochecer.

Saltar en pedazos

Six Gods

 

Por no medir las palabras.

Por maldiciones y emboscadas.

Por creerse superbárbaros.

Por tantas caricias afiladas…

Colorín colorado,

se consumieron, al fin y al cabo.

 

Y como monos en el agua

pronto bucearon

dentro de una caja.

Los peces tontos del acuario,

que por algún motivo arcano,

y a mil besos de distancia,

volvían siempre a casa,

a aquellos mismos brazos,

aunque les costara caro.

 

Tan bohemios como malvados,

reiniciaban

su siniestra maquinaria

de respuestas trampa.

 

Se les hacía tan extraño

ser el cazador cazado,

dejar la furia aparcada…

no matar las moscas a cañonazos.

 

Así que se echaron el último vistazo,

mientras su orgullo contraatacaba

y su doble filo rondaba sus gargantas.

 

Se dieron el visto malo.

Vertieron la hiel de su mirada

sobre sí mismos, dos fantasmas.

Pues, al fin y al cabo,

y colorín colorado,

su cuento se había acabado,

cómplices los dos de asesinato,

catedráticos del amor y de la mafia.

Tristes malas ratas.

Cacorrománticos

que aniquilaron la magia

con aquella rabia, con tanta calma

como se aplasta una cucaracha.

 

Ayer, al fin, quedaron

para saltar en pedazos.

Mañana empiezo

 

Mañana empiezo, lo prometo,

la dieta de sangre y dinamita

y la gran carrera por tus venas.

 

Mañana fijo el blanco de mis versos.

Mañana le hago la zancadilla

a nuestras almas en pena.

 

Mañana Rock y puntería.

Manzanas a las cabezas.

Y a las manzanas flechas.

 

Y ya, si eso…,

terminar lo que empiezo,

poner del revés la vida,

revolver y volver a empezar,

robar de la trampa el queso

y cada noche tu medicina,

en su justa medida…

 

Que es mejor esta enfermedad

que su maldito remedio.

Mi abismo preferido

 

Te invito a que abras la puerta

de mi abismo preferido.

Allí es donde acaricio

sueños y panteras.

Allí bailo con delirios.

Allí no crece mala hierba.

 

No tardes, ardilla, entra

en mi abismo favorito,

y despacito,

buena letra,

descubrirás conmigo

que vale la pena

hacerle al dolor la guerra,

matar los puntos suspensivos,

enterrar las horas muertas

y olvidar esas afrentas

que algún diablo puso y quiso.

 

Entra rampante, a toda vela.

Sobrevuela

lo humano y lo divino.

Suelta tu cobriza melena

y que alcance las estrellas,

presas de nuestro hechizo,

hoy dicharacheras.

 

Que aquí somos forajidos

y escapamos, Cenicienta,

de aquel invierno tan frío

y del más letal asesino:

el Tiempo y sus esferas,

que nos devoran vivos.

 

Vamos, niña, entra,

corazón perdido

en veredas soñolientas.

Nos probarenos mil caretas

para ser siempre los mismos,

tú y yo de cualquier manera,

fugaces y clandestinos

en mi abismo preferido.

Riesgo de incendio

 

Desde aquí, mientras espero

la siguiente mala racha,

yo te soplo a barlovento,

provocando un nuevo incendio.

 

Y aunque planeas lejana,

si me acechas desde tu reino

de glorias almibaradas,

tu oscuro corro de la patata…

Si me miras desde tu cieno

me tomarás por uno de esos

mercaderes de versos

que inventan baladas

cuando el sol se apaga

y trafican con sentimientos,

manjar de los corazones hambrientos.

 

¿Y tú proclamas

que yo tampoco soy sincero?

Pues ocupa tu butaca

y bienvenida a Disneylandia.

Aquí te maltratan,

aquí te desgarran

si no sueñas despierto

y pagas caro por ello.

 

Aquí todo es atrezzo.

Falsos melodramas.

Manzanas envenenadas

que devoras a dentelladas.

Aquí te ofrecen su pecho

y mamas

textos,

y leche agria

de estas bestias sofisticadas.

 

Quizá no estés equivocada

y sí…, es cierto,

soy otro tahúr en este juego

y es mi lengua cruel y afilada

la que lleva guerra a tus entrañas,

la que aviva viejos fuegos

que solo se apagan en mi cama.

 

Entonces…, no lo niego,

culpa mía el riesgo de incendio.

Tarde, mal y a contramarcha,

ahora que flotamos tan diversos.

Dos felicidades por decreto.

Ahora que nos atrapa

la cárcel de este crucigrama

y todo, todo lo pasajero.

Y tanta, tanta Nada…

 

Ahora voy yo y me convierto.

Y todas las noches rezo

a tu dios de la batalla

para que nos conceda la gracia

de otro desastre venidero.

 

Que soy un hombre de hojalata

y pido un corazón nuevo.

Que llevo el alma a rastras

que pesa tiempo, pesa toneladas

y se me rompe en estas palabras.

Estas tristes palabras:

Los pecados que cometo.

 

¿Querrás matar a este mensajero

que ya no alcanza tus mañanas?

No esperaba menos.

Muerto el perro,

se acabó la rabia.

 

Y así eludes la amenaza,

el peligro desnudo y extremo,

nuestra carne quemada 

y este privado y eterno

riesgo de incendio.

A la vuelta de la esquina

around

 

Allí donde haya medicina

para tu oscuro veneno

—quizá a la vuelta de la esquina—

allí estará mi guarida,

justo en tu reverso.

 

Adiós a los aspavientos,

y al festival de tus rutinas.

Mujer que juegas a un juego

de fieras o de niñas

con nitroglicerina.

 

Ya no encuentras nada nuevo.

Cero adrenalina.

Ya no tiritas…

junto al fuego,

ni cazas sueños al vuelo

en la calle fantasía,

a la vuelta de la esquina.

 

Tal vez nací para verlo:

Ese mar de azul y miedo

bailando en tus pupilas,

azotando mi velero

con tragedias que chillan

en los rizos del viento.

 

Resuena hoy tu anciana risa

en la cueva de los secretos.

Elucubras e improvisas

dos finales paralelos

para nuestros cuerpos,

cadáveres llenos de vida,

pero, es cierto, semi-muertos.

 

Nosotros,

que por llevar clavada una espina

encendimos con mil besos

esa luz divina

que nos hace tan pequeños.

Esa luz maligna

que nos quiebra por completo,

y que nace del prisma

de unos ojos siempre ciegos,

que nunca saben donde miran,

pero no es a la vuelta de la esquina,

sino mucho más lejos,

a través del espejo.

 

Allí donde estuvo Alicia.

Allí donde todo brilla.

Cosas del karma

 

Quien la hace la paga,

ya lo ves.

 

Será cosa del karma,

del Hado y su desdén.

O será la parte amarga

de tu particular cuento de hadas,

que no solo, sino también,

te narra siempre embrujada.

 

Doy fe:

Quien la hace la paga

antes o después.

 

Incluso tú, de rompe y rasga,

de tan mal perder.

Llevabas malas cartas

y entre los dientes un clavel.

De nada sirvió la trampa,

pues no jugaste bien

tus ases en la manga.

Y hoy las copas son espadas.

 

Quien la hace la paga,

muñeca malaventurada.

 

Podrás reír, saltar, correr…

hasta la miserable raya

en tu electrocardiograma.

Podrás vibrar, gritar, morder,

pero todo lo que sube baja,

y acaban muchos en el arcén.

Porque quien la hace la paga,

ya lo ves.

 

Por caminar sobre brasas

llegará el traspiés.

Caerás en desgracia

con el peso del ayer

hacia un horizonte en llamas.

Ya es Infierno en El Corte Inglés.

Te engullirá el mañana

de la cabeza a los pies.

Que justo eso…,

princesa de papel…,

justo eso le pasa,

al que a fuego mata,

al que escupe hiel.

 

Quien la hace la paga.

Y Amén.

 

Y sí, ahora lo sé:

Llevas una última bala

en la más fatal de tus miradas.

Y claro que sí, ahora sé

quién es quién.

Y que disparas por la espalda.

Un par de veces, doble check.

 

Pero te recordaré:

Quien la hace la paga

multiplicada por cien.

Incluido yo, por estas palabras.

Ya lo ves,

por la boca muere el pez.

Ratones en el laberinto

 

Confiesa que hemos vivido

con fecha de caducidad.

Pues siempre creímos

que había una cuenta atrás,

y que, a pesar de lo recorrido,

éramos humo, éramos gas.

 

La mayor parte del camino

ahogamos la verdad

con las sopas y el buen vino.

Y para todo lo demás

tequila y sal.

Lo que no mate engordará.

 

Adquirimos compromisos

con todo lo natural.

Veneramos lo finito,

lo diario, lo banal,

los cuentos chinos

con final occidental

y lo correcto en lo político,

enchufados a la par

a ese mantenernos vivos

por respiración artificial.

 

Maldito sea el mosquito

que nos trajo la enfermedad:

Añorar

el tiempo

perdido.

 

Nos volvimos dañinos

a mil leguas del inicio

de nosotros mismos,

de aquella tempestad.

Por miedo al mutuo olvido.

Por falta de intensidad.

 

Sin pensar y sin parar,

como ratones en un laberinto,

corrimos hasta renunciar

al inmerecido paraíso,

derrotados sin luchar,

sin clavarle los colmillos

a esta sosa realidad.

 

Hoy el cruel destino

me ha hecho recordar

nuestra catástrofe particular.

Y en virtud de lo prometido,

llámalo honestidad,

por fin te escribo.

Espero y confío

que no te parezca mal,

y que hayas encontrado el hilo

—ojalá—

que te saca de este laberinto.