Microagronomía

Alguien tuvo la feliz idea de alquilar trocitos de campo en las afueras de la gran ciudad. Se trataba de una gran extensión de terreno de cultivo dividido en pequeñas parcelas contiguas donde cualquiera podía tener su propio huerto.

Muchos arrendaban su pedazo de tierra por economía. Y algo se ahorraban al mes en verduras y hortalizas. Otros, en cambio, añoraban una existencia rural, inscrita o no en su pasado. Les fascinaba de veras aquello. El fin y el proceso. Plantar rábanos, ilusionarse con los cebollinos, regar escarolas, proteger pimientos, admirar tomates, sorprenderse con un magnífico melón, recolectar pepinos, contemplar, autocomplacerse, sonreír, presumir de alcachofas…

Otros —más de los que cabría imaginarse— acudían a su huerto en busca de paz. No había en el mundo una actividad que los relajara tanto y les hiciera olvidar mejor la angustia de la urbe, esa mala hierba que arraigaba en sus corazones.

Como los huertos estaban muy próximos entre sí, fue inevitable que los arrendatarios se desvivieran por diferenciarse de sus vecinos. Al fin y al cabo eran gente de ciudad, habituada a pelear, arramblar, ningunear, atravesar pasos de cebra con un cuchillo entre los dientes o defender su puesto a rugidos en cualquier fila india.

Con tan buena base, se extendió muy rápido la fiebre por cultivar cosas extrañas. Llegó un momento en que una col o una calabaza fueron algo banal y primitivo. Había que plantar cosas distintas. Más grandes, más pequeñas, más exóticas o simplemente más difíciles de pronunciar. Y en eso yo, Braulio Felices, les llevaba ventaja.

—¿Qué es eso que tienes ahí?

—Entelequias.

Se corrió la voz, claro. Y eran muchos los que se acercaban hasta mi huerto para curiosear. Se apoyaban en la valla que rodeaba mi parcela, embobados. Estiraban el morro. Se mordían los labios. Cuchicheaban y se miraban entre sí, señalando con su mano abierta y lacerada el interior de mi huerto. Y es que… A uno le puede sonar lo que son las entelequias. Pero el ansia por saber qué forma tienen… Qué color… Si brillan, si explotan, si se pueden comer… Eso es incontrolable.

“¿Con qué las riegas?”, me preguntaban. Meditaban ya su contraataque. Cómo rizarían el rizo. Aunque ¿qué más podían ingeniar? Su microagronomía era ya pluscuamperfecta.

Pero ingeniaron. Vaya que si lo hicieron. Y en el huerto de Gabriel, al poco tiempo, vimos crecer impresoras láser. Al principio muy pequeñas, como fresas. Luego como sandías. Después gigantes.

Asomaron caballitos de madera entre la tierra oscura y rojiza del huerto de Sara. Y en la parcela de Pablo crecieron tentáculos de pulpo. Eran rosas, azules y heliotrópicos. Y tan altos como yo subido a mis propios hombros.

Balones de rugby, antiguos teléfonos rojos y peludos, páginas del diario de una tal Laura Pazos Galtieri. Globos de chicle.

Adelante. Pasen, no pisen y vean. Es gratis. Más extraño, más grande, más fucsia, más carnívoro. Imparable. Demencial. Una auténtica contienda de frenética horticultura.

Hasta que una tarde, mientras trabajaba yo en mi huerto, apareció dentro un chico desnudo. No lo vi llegar, ni saltar la valla.

—Están frías y sosas. Calientes estarían mejor —aseguró mientras masticaba una de mis entelequias.

Hablaba con acento ruso. Tendría unos cuatro años, calculé, y aún no se había sacudido toda la tierra del cuerpo y de la cara. No olvidaré jamás sus ojos de hormiga. Y sus raíces, o eso parecían, en los pies, en lugar de diez dedos.

En cuanto vieron a aquel chico mis vecinos, dejaron azadas y rastrillos y se acercaron corriendo, alterados.

“¿De dónde sales, niño?”.

Un bracito verdoso señaló el oeste amoratado. Su mirada apuntaba quince parcelas más allá.

—¿Son difíciles de cultivar? —quiso saber el muchacho acerca de mis entelequias. No le importaba que la gente lo estuviera analizando. Sus orejas tenían el aspecto frágil y venoso de las hojas abatidas por el otoño, y estaban semirrebozadas en barro seco.

Alguien comenzó a gritar justo en aquel momento. Nos pareció Mercedes, la señora del huerto de tostadoras. A los pocos minutos de los chillidos, se supo que unos cuantos críos muy extraños estaban devorando los tentáculos del huerto de Pablo.

—Sí, son difíciles de cultivar —no quise dejar sin repuesta al muchacho de ojos de hormiga—. Pero, en realidad, lo más difícil son las letras. Uno las planta y no sabe nunca qué saldrá. Si palabras, párrafos… Es decir, algo legible, o, por el contrario, algo que solo sirve para echarlo en la sopa.

No sé si el chico me entendió. Solo sé que saltó la valla, entró en el huerto de al lado y empezó a comerse las sabrosas páginas del diario de Laura Pazos Galtieri.

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Otro episodio de mímesis

El graznido de la urraca de Wills se propaga como si fuera un bostezo. No importa lo que estés haciendo. Si lo oyes, si lo ves, un ataque de mímesis se apodera de ti y no puedes evitar reproducirlo.

No anida ninguna de esas urracas por estas latitudes, pero sí la señora Cencillo. En esas mañanas despejadas que sale al mercado, y según qué fase lunar, grazna incontinente y desalmada en pleno espacio público.

Será por los decibelios que el horrísono graznido se extiende de forma más eficiente que los bostezos, siendo varios a la vez los que al verlo u oírlo prestan enseguida sus gargantas a la estridente réplica, provocando una imparable cadena de contagio. De la señora Cencillo al escuchimizado adolescente que airea a su perrito, también escuchimizado. Del adolescente a la chica de la bicicleta plegable, el paraguas plegable, las emociones plegables. De la chica a los tres haraganes. De los haraganes a la parejita de mediana edad. Esa clase de polifonía salvaje no arregla las cosas entre ellos. Otra vez falta de comunicación. No es en lo que habían quedado.

Seguirá el graznido de algún taxista, por encima de lo tolerable, por debajo del bigote. Graznará, a su vez, su poderoso pasajero, con el maletín lleno de secretos. Graznará después un obrero, junto a su brecha en el asfalto, aplazando el mordisco en su bocadillo. La aerodinámica corredora, el rudo camionero y hasta graznará Julio, que debería guardar silencio, pues él y sus broncíneos cachivaches emulan una estatua ecuestre en medio de la plaza a cambio de la voluntad.

Son muchos los que, sin poder remediarlo, graznan como lo haría una urraca de Wills al oeste de Oceanía, difundiendo el son más escalofriante de la Creación. Por fortuna, solo grazna una vez cada cual. Por desgracia, y ayer, hasta las puertas del nuevo Congreso, esa mole de siniestros paralelepípedos, donde uno de los bedeles, que fumaba cerca de la puerta, oyó graznar y probó el eco del soportal. El bedel contagió a un diputado que huía del interior. El diputado a una diputada que escapaba detrás. La diputada a un guardia. El guardia a la taquígrafa. Y la taquigrafía, sí, al mismísimo Presidente del Gobierno, que oraba en el estrado para toda la nación.

Hoy sale en todos los periódicos. ¿Qué quiso decir en ese instante? Las cábalas se multiplican en todas las tertulias. Un recorte del 5% en el gasto de Cultura… ¿y el argumento que lo justifica viene a ser, más o menos: aoouuurrrggk?

“Lenguaje cavernario”, “su ciclo político ha acabado”, “se ríe de la nación”, “demencia senil”, “¿sanidad y educación?: miau“.

Creo que la opinión pública debería ser más transigente con el involuntario graznido presidencial. Reflexionar un poco más. Caer todos en la cuenta de que el Mal, desde siempre, se propaga. Y no solo en forma de graznido o de bostezo. Pensemos en el sinsentido común, el acento gallego o ese ansia melancólica de arrojarse al vacío el primer viernes de cada mes.

De hecho, la misma urraca de Wills no puede eludir la mímesis en ciertas ocasiones. En contacto prolongado con humanos, es capaz de reproducir sentencias como “siniestro paralelepípedo”. Y, si se la engatusa con verbo melifluo y alpiste del bueno: “mala pécora desquiciada” o “ya no te quiero como antes”.

Las musas que me puedo permitir

Lo malo de las musas es que las buenas cobran caro. Así que recurro a una freelance 24 horas, de a 3€ la ocurrencia.

—Necesito un tintero y una puerta de plata.

—No me lo digas. Algún rollo de esos de bloggers.

—¿Lo tienes o no?

—Tinteros sí. Me doy una palmada en el culo y me salen tres. Puertas de plata no me quedan. Llama a Giorgio. Él tendrá. Pero lo vende todo en packs. La puerta viene con un criminal decimonónico y dos cameos estándar para Premio Planeta.

—¿Quién es Giorgio?

—Un muso. De Fuenlabrada.

—Esto no es serio.

 


Microrrelato para participar en…

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Camina en mis zapatos

No estoy buscando la absolución.
Perdón por las cosas que hago.
Pero antes de llegar a alguna conclusión,
Trata de caminar en mis zapatos.
Tropezarás en mis pasos.

Depeche Mode, Walking In My Shoes.

 

Más allá de todo lo quebradizo, en algún mundo paralelo donde mejores seres que nosotros gozan de más justicia, todo este asunto estaría mal.

Apropiarme de otra identidad. Vagar por los surcos de otra vida. Desvivirme.

Comenzó hace años, en los aseos de un palacete, durante la entrega de un premio literario. Allí encontré a Celia Suárez, la célebre escritora. Y me presenté.

Yo entonces trabajaba en el estómago de un edificio muy alto. Y muy pálido. Era experta en redes sociales. Celia me pidió que la ayudara con eso mismo y empecé a remozar sus perfiles. Colgaba fotos suyas; redactaba sus estados y reacciones; velaba por su éxito; inventaba para ella pequeñas alegrías, denuncias puntuales y algún que otro compromiso. El rancho precocinado que demandaban sus miles de seguidores.

La fortuna quiso que fuésemos cercanas. Yo era la primera que leía sus creaciones. La primera que manifestaba su opinión. También tuve que soportar sumisa el cambiante humor de la autora: “Ya es ya”. “Vaya idiotez has puesto hoy en internet”. “Chica, camina en mis zapatos”. “Intenta imitar mi estilo actual, el de mi último libro”. Su último libro. Me preguntaba quién se lo habría escrito.

La consolé esas noches frías en las que asoma el fin. Permanecí a su lado en esas otras, cálidas y sinuosas, cuando cientos de seres compiten en brillo y traición. Tantas veces le tendí la mano… Tantas otras tuve que disculparla…

Hace unos meses, Celia me confió su siguiente novela. Un relato autobiográfico. Pude escribir para ella unas cuantas páginas trémulas. Nada más. No valían nada. Quise creer que era una crisis pasajera. Pero el tiempo pasaba y los plazos vencían. Celia exigía. Y una voraz angustia creció dentro de mí.

Solo después de cuatro o cinco dedos de aquel líquido, dejaba de ser yo misma. Me convertía en esa otra chica competente, que sí sabía escribir. Aun así, la novela naufragaría, no cabía duda. Cada jornada estaba más bloqueada y me sorprendía a mí misma gritando a deshora, golpeando objetos, llorando de desesperación.

—¿Cómo que Celia ha muerto? —preguntó atónita Blanca, la editora, cuando le di la noticia.

—Así es.

—Cariño ¿qué te pasa? No entiendo… Celia Suárez no existe. Es tu seudónimo.

Celia estará ahora en otra parte. Donde ya no me necesita. Tampoco a sus redes sociales. Un lugar lejos de mí, que me apropié de su identidad. Quizá resida en algún mundo paralelo, violeta y denso, en el que seres mejores que nosotros caminan siempre en sus zapatos (son más valientes) y nunca, nunca, se desviven.

Algo nuevo bajo el sol

¿Por qué le habla esa señora? ¿Por qué lleva un gorrito de lana gris? Es verano. ¿Por qué lo aborda a él? No la conoce de nada.

—¡Ay, qué sorpresa, hijo mío! ¡Cuánto tiempo! Qué cosas, justo ayer nos acordábamos de ti, Manolo y yo. ¿Cómo estás?

La señora se ha enganchado con firmeza a su antebrazo. Es obvio que se confunde. Lo toma por otro. Sin embargo, a él le parece más violento decirle que se equivoca que fingir que la recuerda. Qué estupidez. Será por apuro, será por vergüenza, será por no arruinar el resplandor de su rostro.

¿Qué tal en el trabajo que no tiene? “Mucha responsabilidad. Pocas recompensas. No es como antes”.

¿Qué tal Diana y las niñas? Sus encantadoras desconocidas. “Bien”. Siguen adelante, crecen, vienen, van. Ya se sabe.

—Ay ¡cómo me alegro de haberte encontrado, Miguel! ¿Tendrás un ratito? Hace tanto que no te veo… ¿Tomamos un café ahí?

Y de nuevo le parece más violento desengañar a la señora que seguir poniéndose una careta. Contra su propio ánimo y todo lo razonable, accede a lo del café.

Le ha venido muy bien que, al entrar en la cafetería, un hombre canoso con delantal negro haya saludado a la señora por su nombre. Ya no lo tiene que averiguar.

Se sientan en una mesita y ella comienza a ponerle al día. La reforma. Gonzalo —”se acuerda muchas veces de ti”—. Galicia. El viejo pastor alemán. Aquel pequeño susto. ¡Manolo ahora pinta! Su anciana madre… la semana pasada… al fin descansa. El odioso papeleo que conlleva una herencia…

—Vaya casualidad. Yo también me alegro de habernos encontrado, Carmen —sí, él ha oído bien, la señora ha dicho “herencia”.

—¿Carmen? Antes siempre me llamabas Memi—. Como para haberlo sabido. ¿Por qué el tipo del delantal no la ha llamado así?

—Te noto algo distinto, Miguel.

—No paso por un buen momento —acaba confesando él después de sacudirse unas cuantas preguntas a base de más preguntas, respuestas comodín, pequeñas invenciones sin trascendencia y algunas frases hechas—. Son las deudas.

Y es cierto. Juega. Apuesta. Pierde. Gana. Vuelve a perder. Debe mucho dinero y la ansiedad escarba en su estómago. La bebe, la masca, la vomita. La remueve a diario en su café. Acumula deudas y sueño, mucho sueño. Sus acreedores se multiplican. No puede saldar esas deudas y ha empezado a creer, con razón, que lo acechan. Tal vez corre peligro.

—No es la enfermedad más grave que existe, pero tampoco es pasajera. Los síntomas son llevaderos, pero el tratamiento es muy costoso. Diana es una mujer fuerte. Aunque muchos días está abatida, claro, y yo… —inventa.

La señora arruga el gesto y le coge la mano.

—Vaya, qué distanciados hemos estado, Miguel. No sabía nada.

La señora no desea verlos así y le ofrece auxilio enseguida.

—Pobres niñas. Pobre Diana. Ella siempre fue como de la familia. Me dejarás ayudaros ¿verdad?

—Pero, Memi, no quisiera…

—Podríais pasar este sábado por casa. Os prestaremos lo que necesitéis. Ahora, con la herencia, no hay problema.

—La dirección era… Perdona, Memi, con estos nervios…, no duermo nada, se me van las cosas de la cabeza.

Ella pide algo para escribir al tipo del delantal. Apunta su dirección en un papelito cuadrado y gris con el logotipo de una marca de bebidas.

Con la excusa de renovar un documento importante, el falso Miguel se despide hasta el sábado de su distraída benefactora y de la mitad de su café. Antes de irse, ella abre el bolso, rebusca y le alarga tres billetes, tiesos como sábanas de hospital. “Para que vayáis tirando, por ahora”.

Sale de la cafetería más despierto, más vivo. Algunos rayos de sol, mutilados por los altos edificios de oficinas, le obligan a colocar una mano a modo de visera. Debe ir rápido al apartamento, sin entretenerse esta vez en el local de apuestas. Hoy nada de perros, vóley-playa, bádminton o carreras GT. Debe escribirle una nota a Beatriz en la que explique que se va. Desde hace tiempo, ella no es la misma, ya no la conoce. O no, mejor… Se trata de él, que ahora es otro. Lo será, sin duda, junto a Diana. Porque la encontrará. Ha de hacerlo. Quizá también a las niñas. Todo irá bien. Va a enmendarse y prosperar.

Criaturas soñolientas surcan las aceras a mayor velocidad que él, obsequiándole con el acero de sus miradas. Busca entre ellas a una mujer, ni muy joven ni muy madura, ni guapa ni fea, ni muy sensata ni muy alocada.

La encontrará. Conseguirá una Diana de una Claudia o de una Silvia. Y, será por necesidad, por apuro o por vergüenza… Ella consentirá en salvarse Abrazará algo diferente, algo nuevo bajo el sol.

Tan nuevo y diferente como una cazadora de deudas con gorrito de lana gris.

El Trono de Plástico

Me hace ilusión compartir con vosotros que hoy, al fin, he recibido algunas copias de prueba de mi primer libro de relatos, El Trono de Plástico.

“Un vendedor ambulante de pollo frito se percata de que es el anticristo. Los enanitos de Blancanieves no fueron siete. Fueron ocho. El purgatorio es un centro comercial y Casandra acaba de casarse con un robot. Mientras tanto, el rey blanco, sentado en su trono de plástico, no sospecha que se avecina el jaque. Estos son algunos de los espejismos, discordias, resquemores y soliloquios que recoge El Trono de Plástico. Cuarenta relatos cortos de Tony Franco, cargados de una imaginación a veces inocente, otras veces oscura, pero siempre necesaria para emprender un viaje por el inquietante reverso de la realidad.”

Lo podéis encontrar autopublicado AQUÍ, en Amazon, en formato ebook y tapa blanda.

Por descontado, no os pediré que lo compréis, sobre todo si habéis seguido más o menos “El Pajar”, puesto que la mayoría de historias del libro fueron publicadas primero en este blog.

A cambio, y si os apetece, podéis compartir, reseñar o simplemente animar, ya que vendrán más colecciones como esta —ya estoy en ello—, y he de reconoceros que tiene gran importancia para mí vuestro apoyo y comentarios.

Muchas gracias desde este reino de nombre cambiante, en el que ahora soy escriba oficial de una nueva reina, sentada en su trono de plástico…

 

TONY.

 

Camisetas con mensajes

No me disgustan del todo las camisetas con mensajes.

Recuerdo cierta noche, con los de siempre, asesinando tiempo libre en el sótano de un bar. “Mi novio no sabe que estoy aquí”, confesaba la camiseta de Gema.  Por aquel entonces no tenía novio. Tenía un gato gris.

“Se acerca el invierno”.

“Las malasmadres nos vamos de fiesta”.

“Amo California”.

“Aún vivo con mis padres” asegura una camiseta de Katia. Tiene tres añitos.

Las camisetas con mensajes de la gente normal.

Luego están los otros mensajes; en las otras camisetas. Las que llevan ellos… ¿Cómo llamarlos? ¿Vigilantes?

Aparecen detrás de cualquier esquina. Nunca les verás chocar o tropezar. Y eso que van como sonámbulos, sus ojos cerrados hasta que —zas— los abren de repente y te miran como lo haría una leona.

“Cuidado”. Es una chica joven. Su mirada asalta la mía. En su camiseta hay letras mayúsculas, advertencia en alto contraste, tipo sans serif.

Al rato, un hombre alto con gafas de sol. “Se acerca. Viene a por ti”. Negro sobre blanco.

“Calatrava. 23”. Un señor mayor con una camiseta de rugby. Ha sonado a cita. Así me lo he tomado. Suelo hacer caso a los Vigilantes. Así que llegaré hasta allí.

22:57, calle Calatrava. Veo acercarse cabizbaja a un mujer de unos treinta. Qué puntual. Mechas azules en su melena corta y morena. Botas altas, a pesar del calor. Demasiado delgada. Como si no hubiera comido en días.

Distingo en el aire templado el perfume de lo efímero. Crisantemos. Y, al aproximarse ella un poco más, puedo ver sus labios pintados de oscuro, un gran símbolo plateado que se columpia en su cuello y, al fin, el mensaje en su camiseta: