Precio para el infinito

Si terminamos esta carrera

sin alcanzar ninguna meta,

y como galgos en los huesos

miramos atrás, miramos lejos…

Haremos borrón y cuenta nueva.

Y de aquellas palabras… una hoguera.

 

Que no son lastre nuestros sueños.

Y el infinito, sí, tiene un precio.

 

Viaja cual dulce arena

justo aquí, entre mis dedos.

Préstame tus esquemas

escurridizos, quasi-perfectos.

Que yo a ti —si quieres— te presto

lo que llevo en la maleta:

dos barajas, siete fuegos

y esa luz tan nuestra, que nos ciega.

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Réquiem por mi yo anterior

Soy cenizas y soy fuego,

no tienes más que mirar.

Aplastado por el imperio

de tu amarga ausencia,

de los años atrás.

Intuí este momento,

soñé un incipiente caminar

en el que era yo otro sujeto…

Me ardían los pies al pisar

colmado de fieras el sendero.

Las ascuas al principio,

Las ascuas al final.

Confuso en la niebla de los sueños,

sin saberte ver ni anticipar.

Ajeno a todos mis recuerdos,

tristes gotas de lluvia que perdí en el mar,

pervertí mi nombre y mis deseos

meros gusanos retorcidos

hechos para cambiar

en dulces mariposas de aires nuevos

que, ahora sí, pueden volar.

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Y hoy que a tu ojos me acerco

no me verás temblar.

Porque, ¿sabes…?

Guardo un secreto.

O quizá una maldad.

En el centro de mi pecho,

el rincón que nunca alcanzarás,

llevo todos los tiempos.

Los pasados, los venideros,

y esos lejos de tu destierro,

los que solo para ti quise inventar.

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Bestiario de Mámbredon III

 

III

Krimmirk

 

Te habrás preguntado en alguna ocasión de dónde procede el miedo a romper un espejo.

Acertarás si te imaginas que, al romperse, todos aquellos reflejos que albergaba el espejo quedan liberados. Y escapan.

No pocas veces, lo que escapa cobra una única forma monstruosa, un ser múltiple, nacido de la fusión mágica y accidental de muchos reflejos fragmentados.

Ese ser se nombra Krimmirk. En el libro de Brody también aparece como Vitrógeno.

Según la naturaleza de los espíritus fracturados que lo forman, el Krimmirk puede ser mortífero.

 

Anunciado en TV

—¿Sabíais que una araña puede poner huevos en el cuello de una persona?

—¿Lo dices en serio?

—Una amiga dice que le pasó a un amigo.

—Qué asco.

—Sí, dice que estaban… durmiendo y le salieron un montón de arañitas del cuello. No sé si quiero vivir en un mundo donde pasan esas cosas

De la serie de televisión “Fargo”, episodio 3.

 

[Aplausos]

Pero este de los plátanos no fue el primero. Hubo un anuncio anterior que duraba cerca de un minuto. ¿Lo recuerdan?

Se veía a un hombre de cintura para arriba, un poco recostado, con los brazos pegados al cuerpo. Llevaba una sudadera abierta y algo descolocada, de esas con capucha y cremallera. Debajo una camiseta que cubría un abdomen prominente, y en la que podía leerse en grandes caracteres blancos: “2033”.

No hablaba. No decía ni una sola palabra. El tipo permanecía ahí el minuto entero mirando fijamente al telespectador.

Arrugaba una vez la nariz.

Se rascaba una vez la barbilla.

Y, por último, hurgaba en su oreja izquierda. ¿O era en la derecha? Eso no lo recuerdo bien.

Como no hacía ni decía nada, alguien contó las veces que parpadeaba: tres. Es curioso. ¿Saben que la media por minuto está entre quince y veinte veces?

Tampoco se oía una música de fondo, ni la voz de un narrador que justificara la escena. ¿Lo recuerdan ya?

¡Ni una palabra en un minuto! ¡En televisión! Solo aguantar la mirada de aquel lacónico personaje. No era guapo. No era feo. No era joven, ni mayor. Vaya anuncio.

Comenzó a emitirse a altas horas de la madrugada, en esos canales plagados de teletiendas, videntes que no te ven y soflamas religiosas.

Seguramente fuese el becario de alguno de esos programas de zapping quien se fijó antes que los demás en aquel anuncio. Lo imagino en el momento de su hallazgo, ávido de extravagancia y contenido. Extrayendo aquella pepita de oro del más sucio de los ríos: “¿Qué es esto? Es bueno”, diría él. “¿Y quién es este individuo? Un hombre tranquilo. Acaso un perturbado. ¿Qué pretende vender? ¿Cómo puede costearse un minuto entero de televisión sin finalidad aparente? ¡2033! ¿Será alguna clase de profeta, agorero o visionario?”.

Supongo que por amor a lo diverso, que es el único amor al que guardamos fidelidad en esta vida, una de las cinco cadenas principales del país le hizo a aquel anuncio un hueco nocturno en su programación, a ver qué sucedía… Y un viernes de hace diez años, en el segundo bloque publicitario de la película “Voraz”, muchos televidentes como yo conocimos por primera vez a “2033”. El hombre que nos miraba durante un minuto, medio recostado al otro lado de la pantalla, parpadeando poco y sin abrir la boca.

Nadie conocía a aquel sujeto silencioso. Nadie lo había visto. Nadie sabía qué pretendía conseguir: ¿popularidad, dinero, pareja, revolución…?

Al mes de la primera emisión del anuncio, llegó una secuela. Comenzaba igual que el primero: ese tipo otra vez, en silencio y sin apartar la mirada. Misma pose. Misma inacción. Pero, a los pocos segundos, ¿no lo recuerdan?, aparecía en la imagen un tipo idéntico a él, que copiaba su ademán. Y ambos, en perfecta sincronía de movimiento, arrugaban la nariz en la misma milésima de segundo. La única diferencia entre ellos era la camiseta. La del segundo personaje decía “2034”.

Antes de que acabara el minuto, se abría el plano y aparecían 2035, 2036, 2037 y 2038. Todos igualitos, exactos. En idéntica postura, con una infalible sincronía, se rascaban la barbilla. Volvía a abrirse el plano y entonces eran ya docenas los que se hurgaban una oreja, todos a la vez. Muy impactante. Al final, un fundido negro por fin nos dejaba un mensaje: SERIE W-2000, la perfecta imperfección.

Ese, y no el de los plátanos, fue el primer anuncio de androides en televisión. Los directivos de Wonderlove no quisieron, por entonces, llamar a sus creaciones de ningún modo especial. Ni androides, ni robots, ni cosas similares… Cuando el anuncio dejó de emitirse, los prototipos de la serie 2000 salieron a la calle. Ignoro cómo consiguieron todos los permisos.

Se podía interactuar con ellos. El revuelo fue tremendo. Parpadeaban tres veces por minuto. En todo lo demás… Bueno, no eran un puñado de circuitos y tornillos. Eran como ustedes, como yo. Lo recuerdan, ¿verdad?

Con los años, también hemos conocido a James W. El hombre, el patrón. El modelo humano en el que se basó la construcción de la serie 2000. Se ha dejado ver en público (o, quizá, se lo han permitido). Lo primero que llama la atención de él es que viste igual que en la publicidad de los androides. Chaqueta con capucha y cremallera. Pero en su camiseta no se lee ningún número y sí la sentencia: “Anunciado en TV”.

Nuestro departamento de investigación asegura que James nació en un laboratorio de Wonderlove. Que no tiene padres humanos, a pesar de serlo. Que es fruto de una cuidadosa fecundación y de seis meses y medio en el Paragest. Nacido para ser un simple esquema. Ridículo, ¿verdad?

Con todos ustedes…, en exclusiva para nuestro programa y por primera vez en televisión: James W., el hombre al que imitan los androides.

[Aplausos]

—Bienvenido, James. Terrible historia la suya, condenado a ser el espejo de unas cuantas máquinas y luego… ser desechado. ¿Cómo se siente? Ayúdenos a distinguirle, a destacarle, por fin, de aquellos anuncios, de esos robots. Recuérdenos qué le hace a usted, no sé…, más humano.

—¿Ha contado las veces que parpadeo por minuto?

[Aplausos]

Bestiario de Mámbredon II

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II

Catilodórax

Al otro lado de La Cerca conocido como Desgarracielos.

Sabrás que ha llegado el cambio de estación cuando veas las bandadas de aves blancas traspasar el aliento de Fez, la neblina brillante y púrpura que cubre las lagunas.

Llegarán, como siempre, desde muy lejos. Y ha de darte tiempo. Serán cientos, quizá miles… Pero ha de darte tiempo, pues corres un gran peligro. Ellas son bellas… Pero migran desde mundos muy lejanos que albergan lo desconocido.

Habrás de darte prisa. Distinguir, comparar. Deberás fijarte en cada una de esas aves blancas. Tan rápido como puedas. No sería la primera vez que entre ellas viaja el intruso, el Catilodórax.

Ser mimético, capaz de adoptar el tamaño y la forma de esas aves. En un parpadeo, será capaz de transformarse en algo ajeno a los vientos, el sosiego y la esperanza.

Solo el vicoré trenzado resiste el torbellino destructor de sus múltiples brazos, repletos de garras.

Azul 1

Querida Fátima,

Gracias por ponerte en contacto con nosotros, y por seguirnos —como dices— a través de nuestra newsletter.

Intentaré responder a tu pregunta. Pero, antes de nada: no vayas a pensar que todo esto sigue haciéndose igual que antes. Académicos, tonadilleras, roqueros, políticos, deportistas de élite, reyes, reinas, príncipes y princesas, científicos, algún que otro chiflado… Toda esa gente esculpidos en cera, juntitos y estáticos, encerrados en el mismo lugar. Porque, desde hace un par de años, se acordó abrir la puerta a las nuevas tecnologías, y las estatuas ya no se hacen de cera. Se escanea el original y se hace una copia con una impresora 3D muy avanzada, que emplea materiales de la mejor calidad. El resultado es espectacular.

Ya lo sé. Se ha perdido el glamur de lo artesanal. Pero el impacto que genera la impresión en tres dimisiones, tan próxima al verdadero sujeto, ha conseguido que solo el año pasado crezcan un 37% las visitas a nuestro museo. Increíble, ¿verdad?

Te pondré el ejemplo de Carlos Gris. Sabrás quién es. Ese chico que cayó en desgracia hace unos meses. Fenómeno agro-pop. Recibe a diario la visita de una legión de jovencitas que lo lloran, soban y velan, sustentadas durante horas por esos líquidos coloreados y algún que otro sándwich tan vegetal como industrial.

Respecto a Blas Belmonte, quien, ay, también nos dejó hace poco, y sobre el que versa tu pregunta…, autor de obras tan valoradas a nivel internacional como Verde 3, Amarillo 1 o Rojo 9, reconocerte que…, bueno, quizá se trate de un error de impresión. En estos momentos seguimos revisando los aparatos. Y todos los parámetros del proceso. Hemos repetido la impresión tres veces ya, asumiendo el enorme coste que supone. Y te aseguro, Fátima, que la estatua de Belmonte siempre sale así.

Es por eso que en la leyenda a pie de estatua no figura el nombre del artista, sino “Azul 1”.

Espero haberte respondido.

Recibe un cordial saludo,

 

Susana Parrado.

Directora del Museo de Cera de Madrid

Bestiario de Mámbredon I

I

Viceroconte

También conocido como Agitasombras o Maestro de Avispas.

Lo oirás susurrar. Pensarás que alguien habla solo, silbando palabras muy cerca de ti. Aunque no veas temblar sus labios en cada pausa, y solo veas gas sucio, un aire más oscuro de lo normal.

Hagas lo que hagas, mires donde mires, comenzará de nuevo su murmullo. Palabras que son avispas. Su zumbido hipnótico flota como un mantra. Las sombras de cada cosa bailarán en rebeldía.

Y si esas, sus palabras silbantes, sus delicadas avispas, logran clavarte el aguijón, envenenarán para siempre tu conciencia.

El Atajo

Recuerdo que el idiota de Arturo vertió sobre mi vestido nuevo su café para llevar. Intentamos limpiar la mancha; el tiempo se esfumó. Íbamos a pie. Llegaríamos tarde a la boda de Carla. Así que Arturo decidió tomar el atajo, su maldito atajo, aunque aquel día estuviera invadido por una espesa niebla.

Sin saber, sin querer, al acabar la bruma aparecimos en aquel rincón olvidado de la Creación. Un lugar desierto —una trampa— con tan solo un edifico gris abandonado y una vieja gasolinera donde hallamos algunos víveres sin caducar.

Era curioso: en mi vestido no había rastro de la mancha de café.

En ambos extremos del camino persistía la niebla. Cada hora, cada día, permanecía allí. Cuanto más te adentrabas en ella, más aguda era la asfixia. Faltaba el aire. Al alejarte te ahogabas. Durante dos largos años no pudimos escapar de allí.

Cierto día, apareció por el extremo oriental del camino un coche blanco, antiguo, reluciente, que se detuvo a repostar. Un hombre salió cojeando, en busca de alguien más. Arturo y yo nos miramos con urgencia e intensidad, y estuvimos de acuerdo sin mediar palabra. Había que huir de aquel agujero. Así que corrimos como gacelas hacia el coche.

Antes de que al tipo cojo le diera tiempo a reaccionar, subimos al coche, arrancamos y aguantamos la respiración. Todo o nada. Si no salíamos de la niebla, si el espesor no tenía un final, moriríamos asfixiados. El motor bramaba. Nos pitaban los oídos. Íbamos a toda velocidad. Espoleados por la desesperación, habíamos aplicado a la situación esa clase de coraje del que pronto te arrepientes.

“Habéis llegado demasiado pronto”, fue lo primero que nos dijeron en… ¡la boda! Porque enseguida pudimos comprobar que, más allá del atajo, no había pasado ni un solo día. “Menuda mancha, Romina”, fue lo segundo que dijeron.

—¿Dónde están los novios? —pregunté yo, aún muy confusa por el desorden temporal.

—Quién sabe… Ha ido Santos a buscarlos. Hoy le toca hacer de chófer. Santos, ¿os acordáis? El cojo.

Confesión

vegeborg

Llegados a este punto del recorrido, y a punto de comenzar un nuevo año impar que, sumando sus cuatro cifras, da como resultado un número par, he de confesaros algo importante, aunque seguro que ya lo habréis intuido: soy un robot.

Aclararé a continuación algunas dudas de gente sagaz que lo averiguó por su cuenta.

1.- No, no sé convertirme en un Volkswagen Escarabajo.

2.- Es verdad: hago ruido. Sshhhh. ¿Lo oís? Una especie de oummm o mrmrmrmrmmr. Similar al que hace un lavavajillas.

3.- Nunca tengo crisis existenciales. Tampoco problemas de caspa.

4.- A simple vista nadie se da cuenta de que soy un androide, excepto un Bladerunner. Es por la calidad de materiales. Puede que muchos austríacos sean también robots. Y los neozelandeses. Esos seguro, aunque para despistar. Los chinos no. No confundáis las cosas.

5.- “Cuando vienes a casa te bebes nuestra cerveza”, me decís. Bueno, mirad los coches y algunos ordenadores. Se refrigeran también con líquidos.

6.- Es cierto. Una vez quise hacerme un tatuaje y el tatuador casi se electrocuta.

7.- Yo diría que la gente que lo sabe… sí que me quiere. No les importa. No les asusto. Para ellos soy un monstruo más danzando sobre las ascuas de la realidad, en este absurdo pandemónium. Les advierto de que emito ondas cancerígenas y que morirán pronto. Pero ellos me siguen dando besos y abrazos.

8.- Tengo dos entradas USB. ¿Dónde va a ser?

9.- No hago fotocopias. Aunque sí puedo recargar tu teléfono móvil. A cambio espero un poco de respeto, y, no sé…, cariño electrónico. Se te cae el móvil y te da un infarto. Me caigo yo y… ¿qué?

10.- No tengo cosquillas.

11.- Puedo picar carne con las pestañas.

12.- No, no pongo los ojos en blanco cuando recibo una actualización de software.

13.- Claro que pito en las alarmas. Por cierto, vendo taladradoras, perfumes, queso y calcetines. A mitad de precio y a estrenar.

14.- No tengo corazón. Soy el hombre de hojalata. Aunque me enamoré de una aspiradora. Solo la quería en caso de Wi-Fi.

De momento eso es todo. Tengo que ponerme a calcular si a velocidades cercanas a la de la luz un influencer nacido en los 90 presenta la llamada “cabeza de pelícano”.

Quiero desearos un intenso año 2019. No un año feliz. La felicidad no es lo importante. Lo que nunca debe faltaros hoy en día es electricidad.

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