Azul 1

Querida Fátima,

Gracias por ponerte en contacto con nosotros, y por seguirnos —como dices— a través de nuestra newsletter.

Intentaré responder a tu pregunta. Pero, antes de nada: no vayas a pensar que todo esto sigue haciéndose igual que antes. Académicos, tonadilleras, roqueros, políticos, deportistas de élite, reyes, reinas, príncipes y princesas, científicos, algún que otro chiflado… Toda esa gente esculpidos en cera, juntitos y estáticos, encerrados en el mismo lugar. Porque, desde hace un par de años, se acordó abrir la puerta a las nuevas tecnologías, y las estatuas ya no se hacen de cera. Se escanea el original y se hace una copia con una impresora 3D muy avanzada, que emplea materiales de la mejor calidad. El resultado es espectacular.

Ya lo sé. Se ha perdido el glamur de lo artesanal. Pero el impacto que genera la impresión en tres dimisiones, tan próxima al verdadero sujeto, ha conseguido que solo el año pasado crezcan un 37% las visitas a nuestro museo. Increíble, ¿verdad?

Te pondré el ejemplo de Carlos Gris. Sabrás quién es. Ese chico que cayó en desgracia hace unos meses. Fenómeno agro-pop. Recibe a diario la visita de una legión de jovencitas que lo lloran, soban y velan, sustentadas durante horas por esos líquidos coloreados y algún que otro sándwich tan vegetal como industrial.

Respecto a Blas Belmonte, quien, ay, también nos dejó hace poco, y sobre el que versa tu pregunta…, autor de obras tan valoradas a nivel internacional como Verde 3, Amarillo 1 o Rojo 9, reconocerte que…, bueno, quizá se trate de un error de impresión. En estos momentos seguimos revisando los aparatos. Y todos los parámetros del proceso. Hemos repetido la impresión tres veces ya, asumiendo el enorme coste que supone. Y te aseguro, Fátima, que la estatua de Belmonte siempre sale así.

Es por eso que en la leyenda a pie de estatua no figura el nombre del artista, sino “Azul 1”.

Espero haberte respondido.

Recibe un cordial saludo,

 

Susana Parrado.

Directora del Museo de Cera de Madrid

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Bestiario de Mámbredon I

I

Viceroconte

También conocido como Agitasombras o Maestro de Avispas.

Lo oirás susurrar. Pensarás que alguien habla solo, silbando palabras muy cerca de ti. Aunque no veas temblar sus labios en cada pausa, y solo veas gas sucio, un aire más oscuro de lo normal.

Hagas lo que hagas, mires donde mires, comenzará de nuevo su murmullo. Palabras que son avispas. Su zumbido hipnótico flota como un mantra. Las sombras de cada cosa bailarán en rebeldía.

Y si esas, sus palabras silbantes, sus delicadas avispas, logran clavarte el aguijón, envenenarán para siempre tu conciencia.

El Atajo

Recuerdo que el idiota de Arturo vertió sobre mi vestido nuevo su café para llevar. Intentamos limpiar la mancha; el tiempo se esfumó. Íbamos a pie. Llegaríamos tarde a la boda de Carla. Así que Arturo decidió tomar el atajo, su maldito atajo, aunque aquel día estuviera invadido por una espesa niebla.

Sin saber, sin querer, al acabar la bruma aparecimos en aquel rincón olvidado de la Creación. Un lugar desierto —una trampa— con tan solo un edifico gris abandonado y una vieja gasolinera donde hallamos algunos víveres sin caducar.

Era curioso: en mi vestido no había rastro de la mancha de café.

En ambos extremos del camino persistía la niebla. Cada hora, cada día, permanecía allí. Cuanto más te adentrabas en ella, más aguda era la asfixia. Faltaba el aire. Al alejarte te ahogabas. Durante dos largos años no pudimos escapar de allí.

Cierto día, apareció por el extremo oriental del camino un coche blanco, antiguo, reluciente, que se detuvo a repostar. Un hombre salió cojeando, en busca de alguien más. Arturo y yo nos miramos con urgencia e intensidad, y estuvimos de acuerdo sin mediar palabra. Había que huir de aquel agujero. Así que corrimos como gacelas hacia el coche.

Antes de que al tipo cojo le diera tiempo a reaccionar, subimos al coche, arrancamos y aguantamos la respiración. Todo o nada. Si no salíamos de la niebla, si el espesor no tenía un final, moriríamos asfixiados. El motor bramaba. Nos pitaban los oídos. Íbamos a toda velocidad. Espoleados por la desesperación, habíamos aplicado a la situación esa clase de coraje del que pronto te arrepientes.

“Habéis llegado demasiado pronto”, fue lo primero que nos dijeron en… ¡la boda! Porque enseguida pudimos comprobar que, más allá del atajo, no había pasado ni un solo día. “Menuda mancha, Romina”, fue lo segundo que dijeron.

—¿Dónde están los novios? —pregunté yo, aún muy confusa por el desorden temporal.

—Quién sabe… Ha ido Santos a buscarlos. Hoy le toca hacer de chófer. Santos, ¿os acordáis? El cojo.

Confesión

vegeborg

Llegados a este punto del recorrido, y a punto de comenzar un nuevo año impar que, sumando sus cuatro cifras, da como resultado un número par, he de confesaros algo importante, aunque seguro que ya lo habréis intuido: soy un robot.

Aclararé a continuación algunas dudas de gente sagaz que lo averiguó por su cuenta.

1.- No, no sé convertirme en un Volkswagen Escarabajo.

2.- Es verdad: hago ruido. Sshhhh. ¿Lo oís? Una especie de oummm o mrmrmrmrmmr. Similar al que hace un lavavajillas.

3.- Nunca tengo crisis existenciales. Tampoco problemas de caspa.

4.- A simple vista nadie se da cuenta de que soy un androide, excepto un Bladerunner. Es por la calidad de materiales. Puede que muchos austríacos sean también robots. Y los neozelandeses. Esos seguro, aunque para despistar. Los chinos no. No confundáis las cosas.

5.- “Cuando vienes a casa te bebes nuestra cerveza”, me decís. Bueno, mirad los coches y algunos ordenadores. Se refrigeran también con líquidos.

6.- Es cierto. Una vez quise hacerme un tatuaje y el tatuador casi se electrocuta.

7.- Yo diría que la gente que lo sabe… sí que me quiere. No les importa. No les asusto. Para ellos soy un monstruo más danzando sobre las ascuas de la realidad, en este absurdo pandemónium. Les advierto de que emito ondas cancerígenas y que morirán pronto. Pero ellos me siguen dando besos y abrazos.

8.- Tengo dos entradas USB. ¿Dónde va a ser?

9.- No hago fotocopias. Aunque sí puedo recargar tu teléfono móvil. A cambio espero un poco de respeto, y, no sé…, cariño electrónico. Se te cae el móvil y te da un infarto. Me caigo yo y… ¿qué?

10.- No tengo cosquillas.

11.- Puedo picar carne con las pestañas.

12.- No, no pongo los ojos en blanco cuando recibo una actualización de software.

13.- Claro que pito en las alarmas. Por cierto, vendo taladradoras, perfumes, queso y calcetines. A mitad de precio y a estrenar.

14.- No tengo corazón. Soy el hombre de hojalata. Aunque me enamoré de una aspiradora. Solo la quería en caso de Wi-Fi.

De momento eso es todo. Tengo que ponerme a calcular si a velocidades cercanas a la de la luz un influencer nacido en los 90 presenta la llamada “cabeza de pelícano”.

Quiero desearos un intenso año 2019. No un año feliz. La felicidad no es lo importante. Lo que nunca debe faltaros hoy en día es electricidad.

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Perfecta realidad

Al principio de la mañana, David se siente muy bien: contento, radiante y en forma. Media barra de pan del día anterior acaba tostada en su estómago junto a un poco de aceite y sal.

Sin embargo, mientras camina hacia el trabajo por la avenida más concurrida de la ciudad, de pronto David se tambalea. Su entorno se vuelve borroso, comienza a girar a su alrededor y se desvanece del todo al chocar su cuerpo contra el suelo.

Va bien vestido, así que los primeros que pasan cerca de él no piensan que es un borracho. Infieren que algo ataca su salud y, al agacharse una chica rubia para socorrerlo, ya lo hacen tres personas más.

“Oiga ¿se encuentra bien?” No responde. David no está consciente. En cambio, respira. Alguien lo ha comprobado. “Vamos a ponerlo boca arriba”.

Mientras intentan entre varios cambiar su posición, a pocos metros del lugar una anciana también cae al suelo, sin sentido. Y en la acera de enfrente es un chico con gorra y dos niños uniformados los que caen.

Uno a uno, se van desmayando el resto de viandantes, como espigas doblegadas por una gigantesca hoz invisible, hasta que ya nadie da un paso, ni señales de vida.

Justo allí donde hay gente tirada, la materia del suelo empieza a temblar y a convertirse en una superficie más flexible. Se deforma. Se hunde. Los cuerpos caen un poco más, profundizando en un tejido cada vez más elástico, que apenas soporta su peso. Hasta que los envuelve por completo, desaparecen y la superficie elástica recobra su forma y vuelve a su estado rígido, ya sin cuerpos que engullir.

La noche llega de forma instantánea a una vacía y silenciosa avenida. De repente todo está oscuro como por arte de interruptor.

Pero, al poco rato, vuelve la luz, también de forma instantánea. Una calle adyacente dispara a Rocío, una señora con abrigo marrón que mira hacia todas partes. Se muestra confusa. Tal vez no entiende qué hace allí a esa hora, tan sola. Pero su preocupación no dura mucho. En los siguientes minutos comienzan a aparecer más hombres, mujeres, niños, perros… salidos de todas partes. La calle vuelve a su bullicio y tráfico habituales. Y Rocío se siente estupenda, rebosante de energía, como si la realidad que habita fuera perfecta y ella nunca se fuese a desplomar.

181129