El maquinista

Soñé que conducía un viejo tren
bajo las telas de la noche
y, en cada uno de los vagones,
viajaba una inédita versión de mí.

Fantasmas silenciosos e insomnes,
vírgenes en la desdicha.
Meros clones.
Emigrantes aún sin nombre
de otras vidas por vivir.

Sorteé sistemas y naciones,
enfermo de velocidad.
Quise ser un ángel multiforme
y no este animal asustadizo
que rehuye las ocasiones
de reírse de sí mismo.

Quiero que conste
que llegué a muchos destinos
pero a pocos corazones
cada noche de ferrocarril.

Y ahora que ya no piso tus talones,
tú que brillas en la superficie,
¿acaso no me reconoces?

Soy el maquinista.

Vengo de lo profundo, entre bastidores,
para llevarte conmigo y hacerte viajar.

“Train art” by mripp is licensed under CC BY 2.0

Perder el rumbo

Fui de los pocos alumnos
que por saberlo todo de memoria
suspendió el curso.

Así que decidí perder el rumbo
en pos de un arcoíris en escala de grises.

Quise dar las vueltas de un vagabundo,
dar los giros de la mala vida,
diluirme en la mecánica de lo absurdo
y las mareas de lo volátil;
aprender todo género de embrujos.

Olvidé el gélido rostro del pasado
y salté esos muros
escritos en las líneas de mis manos.

Fui ácido, grotesco, inconsistente.
Me deshice en cálidos susurros
e intrincadas miniaturas,
y encontré en un rincón oculto
las palabras exactas que todo lo apaciguan.

Como quise perder el rumbo,
estudié la alquimia de la voluntad,
y enfermó mi cuerpo, y lo vi justo,
por beber vino y verdad
y nunca jamás llevar escudo.

Derroché toda mi magia, todos mis trucos,
por ser tan preciado como extraño.

Alejé de mí de todo este humo
que venden en el mercado y dicen que necesita
ese montón de polvo que llaman individuo.

Supe que todos los caminos llevan a Roma,
y en todos ellos quise perder el rumbo
y, además, perder mi turno
de desfallecer en brazos de fuego.

Hoy hago un hogar del inframundo.
Rasgo las horas,
y se me rompen, frágiles, los segundos,
y, esclavo de mi libertad,
me bato en duelo con el futuro.

Y no conozco meta ni destino,
no tengo huella ni remedio,
pues ya no tengo ningún rumbo.

Reina del Laberinto /Labyrinth Queen“Reina del Laberinto /Labyrinth Queen” by Zyan is licensed under CC BY 2.0

Promesas

 

Prometo hablarte de estrellas que ya no brillan.

Prometo salir de nuevo a este viejo escenario
y ser el protagonista
de aquel sueño de una noche de verano
que acaba en dulce pesadilla
cuando se extingue tu risa
bajo la insólita luz de la maldad.

Prometo vivir más deprisa…
Malgastar mi realidad
de forma casi criminal
y derramar en esta vida
la más extraordinaria ficción
hasta que se rompa mi corazón
o se agote mi gasolina.

Te prometo menos política y más filosofía.
Conjugar todas las formas del verbo imaginar
y no llevar la vida como lección aprendida.
Rendirme, pues, a las fórmulas de lo salvaje
aunque acabe mi alma consumida y en el desguace,
o quizá en una cárcel, o quizá a la deriva.

Te prometo el silencio más devastador como nueva medicina.

Te prometo refinada brujería,
mares en calma,
una mirada distinta,
exquisita en su barbaridad,
palabras oscuras y golosinas
y tus monstruos confinados en un lejano laberinto
sin salida.

Te prometo de las sombras su caricia
y volver a naufragar en la tormenta cada día
hasta que alcancemos tú y yo la misma isla.

Te prometo poemas que sean biblias,
romper las cadenas que nos atan a las cosas
y dispararnos tan arriba…
que flotemos en el tiempo y en el espacio
sin importarnos el fin ni la caída.

Te prometo nuestro destino cogido con pinzas
y mágicos rayos de sol sobre tu cuerpo desnudo
mientras divisamos el Infierno,
sabiendo que somos los últimos trapecistas,
y que ya no hay red ahí abajo, solo un enigma:

¿Fue esta una historia verdadera
o fue solo fantasía?

 

 

“The Sky is Only a Promise” by Edward Zulawski is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

Paz y cenizas

Justo cuando quisimos volar muy alto
arrancó nuestras alas el huracán,
se nos fue la vida de las manos
y las palabras del bolsillo,
y dejamos de lado
lo más exquisito de nuestro delirio.

Empeñamos las verdades compradas a plazos,
nos revestimos de sinsentidos,
mientras este mundo se nos iba de las manos
tan rápido, tan inesperado…

Y ahora seguimos el paso
en este desfile maldito,
soldados rasos entre montañas de adjetivos
que yo nunca esgrimo, siempre me los guardo,
y así valgo más por lo que callo,
pues cuido un frágil silencio infinito
y contengo un espíritu inhumano.

Y qué tal si, juntos, olvidamos este año,
lo reducimos a paz y cenizas
y por una vez damos en el blanco
al darlo todo por sufrido, por vivido,
ya pasado, ya quemado,
y soltamos lastre y materia,
y dejamos que los amores ácidos
se disuelvan en el tiempo y en el espacio.

Y por qué no,
aunque cueste imaginarlo,
se nos vaya otra vez la cordura lentamente de las manos.

Perro flaco


El niño se siente hijo del cosmos cuando el mundo de los hombres lo deja en paz.
Y es así como en la soledad, cuando es señor de sus ensoñaciones,
el niño conoce la dicha de soñar que será más tarde la dicha de los poetas.

Gaston Bachelard
La poética de la ensoñación


Volví de las calderas del mundo
con este aire decadente.

Viajé al corazón de la urbe
retando al Diablo y a la suerte.
Y recuerdo clavar mis colmillos
en calles vivas y ardientes.

Era tan insensato.
Era tan inocente…
Un espantapájaros con cuervos en los brazos.

Y ahora que son todo pulgas para este perro flaco
no dejo a nadie recogerme,
justo ahora que caigo.

Creí que sería suficiente
el fuego de mis caprichos
contra los dioses ausentes
dueños de este circo
de antimaravillas,
que cambia las pasiones en fiebres
en el centro de la la pista.

Fueron tantas las veces
que disfracé un día de perros
con un cuento de duendes.

Sin duda era yo otro loco de lo más corriente
en esta insana tragicomedia
con el argumento de siempre:
Lo falso devorando lo amable.
Lo cortés aniquilando lo valiente.

Y ahora que ladro tan lejos,
con distinto collar, pero el mismo perro,
no dejo a nadie que se acerque.

Y no me importa ser el que pierde
en este oscuro juego.
Ya no trae de vuelta este perro
ni los juguetes ni los huesos.

Si miras al infinito podrás verme,
atado a este universo
donde rabiosos hacemos frente
al Diablo y a la suerte,
y por ser perros que sueñan
somos perros que muerden.


skinny_dog_BN
Skinny Dog
Tony Franco, diciembre 2020
14,5 x 20 cm
tinta, papel, cartón, recortes de prensa, papel de aluminio.

Maledicencias

Mi primer poemario. Quizá el último. A veces la poesía, incluso en nuestro tiempo, es sin hype. Este no es libro para las masas. Es un libro para las élites. Y dejadme a mí decidir quiénes son las élites, porque si le dejáis decidir a un profesional de la edición aparecerá la palabra y el concepto «negocio».

Disponible en Amazon:

Gracias por las lecturas.

Gracias por el apoyo.

Tony.

Presentar batalla III

Si cierro los ojos, el eco de una risa de mujer baila en las sombras.

Si los abro, continúo adentrándome en este bosque, donde sé que, en algún lugar, ella se encuentra abatida. El sol desciende. Sorteo los árboles. Me apresuro. Pronto estaré de vuelta, a dondequiera que yo pertenezca.

Hojas y ramas crujen bajo mis pies. Huele a primavera. Pero el canto de los pájaros tiene un eco sombrío y metálico. No debo dejarme engañar.

Mis palabras tienen también cierto eco extraño, estremecedor. Si las pronuncio en voz alta son vapores fantasmales que se retuercen y expanden, tal vez secuestradas de otro mundo, de otro bosque mucho más lejano y menos luminoso en el que caen como bombas. Un bosque de cemento, angustia y cristal.

¿Qué es este lugar? Cierro los ojos.

Pienso que en estos días, gracias a las máscaras, hemos redescubierto los ojos. Y ahora sabemos que no son del todo suficientes para interpretar, para confiar… No, no son el espejo del alma, como dicen. Quizá sí el espejo del ánimo. Pero el ánima… es algo más esquivo, más pesado. No se deja exhibir así, tan fácil.

Todo ha cambiado. Sin embargo, legiones de sonámbulos hambrientos de pasión creen que muy pronto todo seguirá igual, que nada se ha derrumbado y que su bienestar está intacto a pesar de la pandemia. Tienen gente. Tienen cosas.

Esta vez tampoco aprenderemos la lección. El universo está lleno de violencia, destrucción, cambio. Contra la gente. Contra las cosas. Pero nuestra sociedad sobreprotectora ha anulado nuestras defensas, amamantando individuos que no saben sobrevivir. Saben solo consumir… Consumirse.

Ya llego. Es en este claro del bosque. Puedo ver la figura tendida sobre el pilar. Es una mujer, aunque resulta difícil determinar su edad. Hay otra mujer junto a ella, de pie, con el uniforme verdoso de una enfermera debajo de un plástico. Sus ojos brillan sobre la mascarilla. Sin mediar pregunta, llego y me informa sobre la figura tendida.

—Está infectada.
—Le daré un beso en los labios, para que despierte. Como en el cuento —sugiero yo.

Guardamos silencio. Los pájaros chirrían. Y los ojos de la enfermera brillan. Ellos sí… parecen ahora el espejo de algo más grande que el ánimo.

Espejito, espejito… ¿qué es lo más hermoso de este reino?
Pero no hay respuesta. O quizá los ojos no sean esa clase de espejos… Los mágicos.

Esto es una despedida. Ya no hablaremos más. Porque no puedo. Llevo el peso simultáneo de la inocencia y de la culpa.

Soy inocente por haber perdido en esta crisis la facultad de engañarme a mí mismo. Como consecuencia, en un futuro próximo personas importantes se alejarán de mí.

Soy culpable por ser ese duende diabólico que rebusca en el estómago vacío de un centro comercial el analgésico para el confinado, el alpiste para su jaula, empañando así su mirada, ayudándole a creer que todo puede y debe seguir igual.

Oigo caer las palabras como bombas en el bosque de cemento, angustia y cristal. Es tiempo de buscar refugio, buscar espejos mágicos, reflexionar antes de rearmarme y volver a bombardear.

¿Oís ese eco sombrío y metálico? Espero que estéis bien. Adiós.

—¿Besarla, dices? —hablan los ojos sin magia de la enfermera—. No querrás infectarte…

GULA

Un poema ilustrado.

Recomiendo descargar el archivo PDF y ver en un ordenador.

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Presentar batalla II

Mejor en una jaula

Somos estatuas de sal deseando recorrer de nuevo nuestro Infierno diario.

Hola, amigo. Si te hace ilusión, te dejo hacerte una bata sanitaria con una bolsa grande de basura. Que sé que quieres ir al súper a por esa levadura que te falta para hacer toneladas de bizcocho.

Hola, amiga. Te dejo sonreír debajo de la mascarilla, y susurrarme lo que te afecta y lo que te infecta. Cuéntame tus síntomas: esa diarrea tuya de emociones binarias y esa fiebre a la que ascienden tus temores. Cuéntame que estás en peligro. Qué llevas mucho, mucho tiempo encerrada contigo misma.

Dicen que nos recuperaremos de esta crisis. Y dicen que lo haremos en forma de V. ¿Verdad que hay letrás más interesantes que recorrer? Una R. Una G… En cualquier caso, ojalá sea una de esas uves minúsculas que acaban en un giro de 360 grados y un rabito hacia lo desconocido, lejos de aquí, más allá de la Cúpula del Trueno.

Hola, ciudadan@. Te dejo pasear tu hastío en el recreo de los confinados hasta que decidas que esto va a cambiarte la vida y no quieras volver a tu otra jaula, la exterior, en la que consumes cada día materia y emociones. Solo en el papel de consumidores nos sentimos todopoderosos.

Hola, consumidores. Os dejo reclamar y exigir en vano la devolución de este tiempo oscuro. Os admito el cambio, pero no del tiempo perdido, y sí de vuestro espíritu.

Sé que volverás, aprendiz de estrella fugaz, a hacer alarde de esas cosas que comes, bebes, lees, miras, manipulas… Crees que te hacen diferente. Sin embargo, a eso que desafía tu supervivencia, por minúsculo que sea, le da igual lo que comes, lo que bebes, lo que lees, lo que miras, lo que manipulas, lo que amas… La enfermedad y la muerte nos igualan a todos.

En el súper bien. Hay trabajo. Ahora somos esenciales, dice el Gobierno. La gente preocupada por no aburrirse visita a la gente preocupada por no contagiarnos. Pero cuando me preguntan dónde está algún producto que no encuentran, dan un paso para atrás cuando les hablo. Como si mis palabras fueran el virus. Y, no sé… Podrían serlo. Se disgustan cuando se agota la harina, la levadura, el jengibre… y no pueden seguir haciendo esos pasteles que les mantienen a salvo de aquello que esté cocinando su propio cerebro.

Me ha parado la policía en dos ocasiones al salir de trabajar. Les he enseñado un papel que me dieron para justificar que puedo salir de casa. Lo miran con un detenimiento infinito. Quizá sospechan que he salido a la calle porque también estoy aburrido, o se me han acabado los snacks. Que no me quedan series que ver o aire que respirar.

Los días que trabajaba por la mañana he acudido a la ventana a las 20:00, para aplaudir. Una vecina del edificio de enfrente nos saluda, aunque no la conocemos. Mis hijas se han dado cuenta de que en ese edificio vive una profesora de su colegio. Y también una amiguita de no sé qué clase extraescolar. Menos libres, menos ciegos.

Me llegan muchos vídeos de gente encerrada. Me hace pensar que algunos de ellos ya estaban enfermos antes de la cuarentena. Otros muchos son realmente creativos en prisión. En definitiva, están o son mejores dentro de una jaula.

Katia, mi hija pequeña, hace muchos dibujos estos días. El último es un autorretrato en el que se ha dibujado con guantes. Guantes y sonrisa. Guantes y ojos bien abiertos. Lleva medio mes sin salir de casa. Ni siquiera para gritar ahí fuera, pregonando en medio del Infierno que papá, mamá y todos esos mayores que ve en las ventanas y en los balcones se han convertido en estatuas de sal.

Katia_guantes