Rojo Infinito

Qué raro y qué feo. Eso pensó Sonia de su primer barquito de papel nada más terminarlo. Los pliegues no fueron precisos. Le faltó esmero y concentración. Pero era su primera vez. El siguiente le saldría mejor.

Y así fue. Con el tiempo, y mucho doblar papel, mejoró bastante, y ahora los barquitos se le dan tan bien como hacer globos de chicle o contestar mal.

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Rómpase En Caso De Incendio

Y desde que se quedaron prendidos no hacían más que arder.

Hasta que un día encontraron aquella señal…


Arte de Emma Lambert

El Que Cayó En La Red

— ¡Basta! Pare de una vez. ¿Qué le pasa?

Alberto está sentado sobre una áspera sábana blanca, en la camilla, con las piernas desnudas y colgando. Hay un suave olor a desinfectante, y una calavera de plástico sonríe burlona desde el otro lado de la habitación.

Alberto bucea en sus pensamientos. Ha aceptado, al fin, la oferta de Teratopic. Le sorprendió un poco que tuviera que pasar un reconocimiento médico. Pero ahí está, sentado en la camilla. Cambiará de empresa en menos de un mes, y Maite, esa chica de Ventas que tanto le gusta, le ha acusado de vender su alma a la gran multinacional.

A Alberto no le sentó bien la bofetada. Ante todo quiere dejarle claro a Maite que su alma permanece libre e intacta. Sobre todo libre… Así que, para llamar su atención, Alberto ha subido un anuncio a la red de compraventa Fastcliks. “Vendo mi alma. 20 $.”

Vaya idiotez. Idiotez mayúscula. ¿Qué, Maite, has comprado ya mi alma? Idiotez al cuadrado.

Tuvo que explicarle con torpeza lo del anuncio, ella mirándolo como si acabase de salir de un platillo volante con la bragueta bajada. Ahora Maite pensaría que era un estúpido freak inadaptado. Otro más. Seguro que ya no iban a coincidir demasiado junto a la máquina de café.

Por supuesto, no pensaba contarle lo de esta mañana. Había recibido un SMS del banco. Tenía un ingreso de veinte dólares en su cuenta corriente. Seguro que había sido algún gracioso de su departamento que dio por casualidad con el anuncio en vez de estar trabajando.

Además, sea quien fuere, se había hecho pasar, según el email de Fastcliks, por “Belcebú”. Eso sí que era original, concedió Alberto. Canallas.

— ¡Basta! ¡Deténgase! ¿Qué le sucede? —le grita el médico. Y Alberto despierta de golpe de sus profundas reflexiones.

— ¿Cómo dice, doctor? No comprendo…

— ¡No deja de golpearme con esos espasmos suyos! Dice cosas sin sentido, en otro idioma. ¡Y me ha insultado! Pero bueno, ¿es que no es dueño de sí mismo?

 

Ilustración de Andrew “Bones” Jones

Mr. Last

Llamémosle Mr. Last.

Mr. Last tiene un cenicero de cristal muy cerca, contra el que aplasta la colilla humeante. Es la última vez que fuma, piensa.

Después de tambalearse por el pasillo, se mira en el espejo del aseo. No quiere volver a vestirse de mimo. Nunca más. Es la última vez.

Con el pelo y la cara húmedos, acude a a derrumbarse en el sucio sofá del salón. ¿Quién le manda apostar? No debería apostar. ¿Por qué lo ha hecho otra vez?, se pregunta. Y, sobre todo, no debería pedir más dinero a nadie. Es la última vez que apuesta, decide.

Pulsa el número 3 en el mando de la televisión. Es la última vez que desea saber algo del mundo y de los demás.

Alguien llama a la puerta del apartamento. Mr. Last va a abrir. Si le va a costar tanto levantarse, no volverá a sentarse más. Es la última vez.

Mr. Last abre la puerta y enseguida ve la pistola. Muy, muy cerca de su cara.

Mr. Doom echa un vistazo hacia atrás después de disparar. Mientras retira el silenciador observa a Mr. Last. No se mueve.

Lo ha pensado muchas veces. Tiene que dejarlo. No debería hacer esto que hace.

Es la última vez.

Rugiendo Bajo La Piel

Si me dices que se acaba

vacío mis bolsillos de adjetivos,

me los juego a las cartas,

a ésas que aún te escribo.

Bienvenida a mi telaraña

de renglones muy torcidos

y oraciones embrujadas.

 

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El Silencio Del Cuco

— ¿A ti alguna chica te ha quitado un trabajo?

— Sí.

— ¿Y tú qué fue lo que hiciste?

— Me la comí­.

De la película “El demonio de neón

 

Son las tres menos cinco y a Beatriz le parece una hora estupenda para anunciar que no probará la coliflor. Aunque, bueno…, mejor anunciar primero lo otro.

— Me he tragado el cuco.

La madre deja de trenzar tallarines y vuelve la cabeza hacia la pared, donde cuelga ese bonito reloj con forma de casita de madera. Justo debajo, en el suelo, hay un taburete que suele estar en el aseo.

— ¿Qué ha dicho? —quiere saber el padre sin querer saberlo del todo.

— No entiendo, Beatriz —los ojos de la madre son cañones de asombro—. ¿Qué dices que te has comido? ¿El pajarito del reloj?

— Pues… Sí.

— Pero bueno, esta niña cada día peor. ¿Qué será lo siguiente? —protesta el padre a las 14 horas, 59 minutos y 59 segundos.

En el instante siguiente, pasa lo que tiene que pasar, pues hay sucesos inexorables, sobre todo cuando tienen que ver con relojes y pajaritos que cantan las horas. Así que se abre la puertecita de madera del reloj y sale una plataforma estrecha y retráctil en cuyo extremo tendría que haber un pájaro diciendo cucú.

Sale una vez… Pero no hay pajarito.

Dos veces… Pero no se oye cucú.

Tres veces… Pero sólo hay silencio.

Al igual que sus padres, Beatriz se ha quedado mirando cómo se abre y se cierra la puertecita del reloj, sin ningún cucú. Reconoce que es algo muy extraño, inquietante. Pobre pájaro. Quizá se arrepiente un poco de habérselo comido. Y eso mismo le va a confesar a sus padres cuando repara en que han dejado de reprenderla y de comer sus tallarines. Están ahí, muy quietos, como piedras. Con gesto gélido y ojos de muñeco. El tiempo se ha parado para ellos. No responden. No mueven un músculo. Quizá tampoco respiran. Se levanta y los zarandea, pero nada.

Ya suponía que esto iba a pasar. Por matar el tiempo se ha comido el cuco, y resulta que el tiempo ha muerto de verdad.

Y, de repente, sin poder evitarlo…

— ¡Cucú! ¡Son las 3! —canta. ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué lo ha hecho?, se pregunta.

Pero menos mal que ha cantado, porque sus padres se mueven y hablan de nuevo.

— No vuelvas a comerte cosas pequeñas. Ni el pajarito del cuco ni nada —reprende la madre—. Lo que tienes que comerte es la coliflor. Cómetela.

Son las 3 y 2 minutos. Y justo 26 segundos. Ahora Beatriz, sólo con cerrar los ojos, lo sabe con exactitud. Se lo dice un pajarito.

 

Ilustración de Robert Dowling Jr.

El Don

El nombre era impronunciable. Le costaba asociarlo a un simple armario de madera. Supo del mueble gracias a su amigo Paco, quien le dijo la semana pasada que se había comprado un Longron o Laungrom. Y resultó que no hablaba de un dragón de color púrpura, sino de un armario de puertas correderas.

Nombres aparte, lo importante era que supiera montarlo. El manual parecía conciso y asequible. Abundaban las flechas y los números. Varios círculos caritativos agrandaban las piezas más pequeñas, como tornillos y arandelas. Lo podía conseguir.

Y… no hubo manera. Intentó el montaje durante varios días consecutivos, sin éxito. Siempre le sobraban piezas, quedaban mal ensambladas, o daba pasos en falso que le impedían continuar.

Llegó a pensar en defectos de fabricación y en que las piezas no eran las correctas. Pero, en realidad, no era nada de eso. Sencillamente, montar cosas no se le daba bien.

En cambio, se le daba de maravilla deshacer la medio-ninguna-cosa que medio montaba cada vez que se equivocaba. Lo hacía rápido y sin necesidad de consultar ningún manual. Tal vez era ése su don. ¿Sería capaz deshacer otras cosas igual de bien? Tenía que probar.

Cogió un despertador que había sobre la mesilla y lo desarmó con mucha soltura. Iba alineando las piezas sobre una mesa grande. Aquella ordenada exposición de pequeñas vísceras metálicas se le antojaba de una belleza extraordinaria. Y había veces que no podía evitar fotografiarlo.

Con los días, siguió ejerciendo su don. Desmontó el televisor, el microondas, varias lámparas, la batidora, toda clase de mobiliario, el frigorífico, puertas, ventanas y hasta su teléfono móvil.

Y cuando tuvo todo su mundo desarmado llegó una nueva y aguda preocupación. ¿Qué hacía consigo mismo? ¿Quién lo desarmaba a él?

Por suerte, la tenía a ella. Podía buscarla. Ella también tenía el don. Y, sin necesidad de consultar ningún manual, seguro que a él lo deshacía rápido, por completo.

Otra vez.