~Fin~

Hoy vengo a deciros que sigo avanzando por otro camino. Dejo fantasías y demonios a sotavento, con un golpe de timón.

Es hora de devolver a sus cofres y baúles todos los muñecos, las ocurrencias, los fantasmas, lo que habita detrás del espejo.

Vivimos también de ficciones, pero en ocasiones la realidad te traspasa. Y hay cosas que mi corazón no puede ni debe descuidar. Cosas más importantes.

Es tiempo de cerrar este Pajar.

A los que pasásteis por aquí durante estos casi dos años, muchas gracias por vuestras lecturas, por comentar, por la presencia.

Tal vez volvamos a encontrarnos en los laberintos del arte o junto a una máquina dispensadora de historias, con una moneda en la mano. Tal vez no.

A los que leéis, que lo sigáis haciendo. A los que escribís, que lo hagáis cada día mejor. Mucha suerte.

Revolved en la oscuridad. Es difícil encontrar una aguja en un pajar. Pero a veces pasa. Y es extraordinario encontrar un pajar lleno de agujas. Pero, a veces, pasa.

Adiós.

Tony.

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Equilibrio

Una de dos: o se ponían de acuerdo —y entonces lo hacían a propósito—, o aquello era una especie de maldición, tanto chocar y chocar, día sí, día también.

Siendo aún niños, Marta y Alberto habían montado en los coches de choque del parque de atracciones. Dos pequeños desconocidos buscando una gran colisión. Ella en el cochecito rosa. Él en uno verde. Chocaron varias veces y, desde aquel día, no había ninguno que no volvieran a chocar.

Sucedía justo al salir del portal. O en plena calle. También dentro del bazar o de la panadería. Muchas veces en el metro, al entrar y salir de un vagón. Y por qué no en el supermercado, sus carros de compra por delante, desmandado el uno contra el otro, como dos trenes en la misma vía y en diferente dirección.

Era tan cotidiano, y estaban ya tan acostumbrados, que al chocar ni siquiera se pedían perdón.

De un modo inexorable tenía que llegar esa vez en la que ambos condujeran por la misma carretera, sin poder evitar la desgracia: aquel fuerte choque frontal. Un segundo antes de morir, Marta y Alberto pensaron lo mismo. Los demás lo llamarían accidente. Sin saber. Sin razón.

Tal vez por proximidad geográfica, los incineraron a los dos en el mismo tanatorio. Lo que quedaba de Marta me lo dieron a mí, su ex, en una urna dorada. Lo restos de Alberto los llevaba su madre contra el pecho, en un cofrecito plateado. Inevitable fue también que la madre y yo nos precipitáramos el uno contra el otro en el vestíbulo del tanatorio. Y que urna y cajita escupieran por el golpe las cenizas de Marta y Alberto, quedando muy bien esparcidas por el suelo. La madre, mucho más pálida y sofocada que yo, concedió en recoger lo que pudiéramos de nuestros difuntos y devolverlo cuanto antes a los recipientes.

Ignorábamos nosotros que así, justo así, se acababa por fin la dictadura de aquel magnetismo, primo de las inescrutables mecánicas del Hado, y toda aquella absurda sucesión de topetazos y hematomas. Ahora, y a la fuerza, una parte de Marta siempre estaría con Alberto. Y era obvio que viceversa. Lo cual, a nivel físico y quizá también metafísico, garantizaba una paz muy bienvenida y cierta clase de… no sé… equilibrio.

Doña Croché

Botones para los ojos. Lana para el pelo. Un metro de esta tela. Otro trocito de aquella. Hilo negro, hilo rojo, hilo gris.

—Ah, y dos cajitas de agujas.

Visita con frecuencia la mercería. Hace muñecos de trapo. Ni muy toscos ni muy detallados. No se puede decir que sean feos, aunque tampoco bonitos del todo. Tiene ya cientos.

Celia muere un poquito por dentro siempre que ve a doña croché removiendo el género de la tienda, las muchas veces que le toca estar ahí, resoplando y maldiciendo detrás del mostrador, cuando le encantaría estar con la pandilla destripando pipas y fumando en el parque. Haciendo y deshaciendo la madeja de una vida que, estando allí encerrada, sortea sus garras.

Estos botones, estas telas, hilo negro, hilo verde, hilo gris. Aquella lana. Ah, y dos cajitas de agujas.

Lo de las telas, los botones, los hilos, la lana… Pase. Celia sabe que la señora hace muñecos con todo eso. Pero lo de las agujas… ¿Cada vez que viene dos cajitas? ¿Qué hace con ellas? ¿Se las come?

—¿Otra vez agujas? Ayer se llevó usted dos cajitas —denuncia Celia.

—Sí. Otra vez agujas, bonita.

Dos días y tres muñecos más tarde, Isabel, la dueña de la mercería, le da los buenos días a la costurera, recordando en ese momento que Celia la llama doña croché.

Lana. Botones. Hilo negro, hilo gris, hilo azul.

—¿No está la chica hoy?

—No se encuentra bien —responde la dueña, y doña croché se la imagina en la cama, con mucha fiebre y más dolores, maltrecha como el muñeco que hizo antes de ayer. Le puso botones de color azul y lana rubio mazorca. Y sí, se parece bastante a Celia, salvo por todas esas agujas clavadas en su cuerpo de trapo.

A la costurera no le gusta llamarlo vudú. No frivoliza con eso. Pues es su amado y particular sistema de justicias y penitencias. Y se siente muy orgullosa de él.

—Mejor que no esté. Esa chica no es muy simpática. Y pregunta mucho.

—Pero señora…

—Bueno, tal vez se mejore.

—¡Pues claro! Celia es una buena chica.

—Ya. Deme también dos cajitas de agujas. Y, dígame, por favor, ¿tiene usted el pelo de color negro o es más bien castaño oscuro?

El Puñal Que Se Hundió En La Almohada

A principios de 2060 muchos grupos terroristas comenzaron a liberarlos. Moscas y mosquitos nanorrobóticos, portadores de toda clase de virus. Apenas había diferencia entre aquellos diminutos ingenios y un insecto vivo.

Recuerdo la primera vez que le vi cazar una mosca. Sus reflejos, la precisión y aquella endiablada velocidad suya. El insecto zumbaba entre sus dedos, que ejercían la presión exacta para sujetarlo sin aplastarlo. Él lo contemplaba satisfecho, con una simétrica y celestial sonrisa. Procede de un lugar más allá del sufrimiento humano y se llama Néstor.

Este año, la reunión del vínculo se celebró en la cámara ovalada de Eneas y Ariadna. Allí, más altos que las nubes, decidí que era un buen momento para anunciarlo.

—Me he casado con un robot.

¿Tendría que haber dicho androide? La mirada de Medusa, mi madre, fue de clase dos. Siendo unas crías, Helena y yo las habíamos clasificado. Un puñal que se hunde en una almohada. Esa era la dos. Silenciosa pero dañina.

Eolo, mi padre, sonrió sin mirarme. Su dedo serpenteó por la superficie de la mesa, cambiando el tema en la videoventana que nos rodeaba por completo.

—Mira. Esa eras tú —me dijo, devolviendo a la baraja el naipe de mi polémico matrimonio, por echarme un cable y por alergia a la mirada que se avecinaba, clase uno de mamá.

La videoventana mostró una pequeña Casandra enorme. El pelo al viento y vestido gris. Corría por un prado. No recuerdo haber sido esa niña.

—Casandra, te amo —Néstor me lo dice todos los días con impuntalidad matemática. Yo podría pensar que no es un sentimiento de verdad. Que cada cosa que dice obece a enrevesados algoritmos. Pero intento no hacerlo. Y me ayuda que los de Wonderlove hayan hecho bien su trabajo y él parezca tan real. Llevan mucho recorrido desde aquellos primeros juguetes sexuales. Al finalizar la iniciación y firmar el contrato te dicen: “espera, él aparecerá en tu vida”. No te lo enseñan. Son parcos en respuestas. Quieren que todo sea lo más humano posible. Un encuentro casual, un suave ingreso en tu destino.

Néstor apareció en mi vida una lluviosa tarde de verano. Corría hacia mí mientras yo corría hacia el Metrolum.

—Espera. Esta lluvia abrasa —desplegó un paraguas transparente para los dos, bajo el que mirar juntos este nuevo mundo enfermo. Supe enseguida que era él. Yo lo esperaba —había pagado por ello— y aquel sabor romántico de su llegada lo delataba.

—¿Cómo puede alguien enamorarse de una máquina?

—Mamá. Tú no le has visto cazar moscas. Él me protegerá.

—Casandra. Te hablo en serio.

—Madre ¿quién mejor? Con él no habrá dolor. Los humanos se van o se mueren. Él no me abandonará jamás.

—Ay, Casandra. Siempre fuiste rebelde y frívola.

—Sí, la oveja negra del vínculo.

A Néstor le gusta decir que soy “su oveja eléctrica”. Supongo que quiere decir “la chica de sus sueños”. O algo similar.

–Venga, adelante valiente, inténtalo –a veces le reto a que supere un CAPTCHA de holograma. Le hablo de aquellos antiguos en los que rezaba “no soy un robot” y había que confirmarlo marcando una casilla, sin más. Él se asombra y se ríe de nosotros, los humanos.

El galápago yace sobre su espalda con el estómago cociéndose al sol y moviendo las patas para darse la vuelta, pero sin su ayuda no puede. Y usted no le ayuda —el antiguo test de Voight-Kampff. También jugamos a eso.

¿Qué quiere decir que no le ayudo? —Néstor me sigue el juego y entonces yo me desvelo bladerunner, le digo que es un replicante, “un asqueroso pellejudo con fecha de caducidad”, que le he descubierto. Tras las risas, es él quien me persigue, y la cacería acaba en el dormitorio. Desconozco si siente empatía. Si superaría el test completo. Nunca lo acabamos.

A veces, el complejo código de Néstor intenta simular conductas irregulares o azarosas. Pretende discutir, incluso enfadarme. Se adentra en el escenario del egoísmo, de la tristeza, del miedo. Declara estar cansado. Miente. O finge olvidar algunas cosas para hacerme olvidar a mí que es un artefacto.

Le agradezco cada esfuerzo que hace. Lo considero verdaderas pruebas de amor. Y sí, en ocasiones su magia alfanumérica consigue que yo no tenga presente que es un androide. Soy un simio fácil.

—¿Me sobrevivirás?

—Casandra, si tú no quieres no.

Mi iGlobe ha flotado hoy muy cerca de mí. Incluso ha rozado mi rostro. Quería decirme algo. Cuando le he dado permiso, he escuchado la voz de Penélope, de Wonderlove. Ignoro si ella es humana.

“Una circunferencia luminosa de color escarlata, parpadeando alrededor del iris del ojo izquierdo.” Eso manifiesta la anomalía K900S, según Penélope. “No subsanable mediante software”. Néstor tiene esa luz en el ojo desde hace tres días. Pensaba llamarles, pero…

—¡A mí me gusta esta versión así! Yo… le quiero. Él es perfecto. No lo modifiquen, por favor. Se lo suplico. —en la respuesta de Penélope han salido las palabras “retirada”, “contrato” y “agresivo”.

Me confieso abatida. Incluso un androide puede abandonarme y hacerme sufrir, si lo consiento.

¿He tomado una mala decisión al fugarnos? No lo sé. Sin duda la todopoderosa Wonderlove vendrá a por nosotros. Y detrás, tal vez, la Brigada Anatemática. Asaltarán los confines del planeta.

—¡Eh! ¿Qué sucede? —Néstor me ha asustado. Acaba de golpear varias veces el cristal de nuestro deslizador Korovin. Con mucha fuerza.

—Había una mosca.

La circunferencia escarlata en su ojo izquierdo es más intensa ahora, y ha dejado de parpadear.

—Casandra, te quiero —ya no divisa el horizonte. Solo me mira a mí.

No había ninguna mosca dentro del aerodeslizador. Supongo que sí la hubo hace unos días. Néstor no pudo cazarla esta vez y el nanodíptero le traspasó el virus. Y ahora su software es tormenta y discordia.

Por su mirada, más o menos de clase dos, debe sentirse un puñal a punto de hundirse en una almohada.

 

Una historia escrita para participar en el Concurso de relatos de ciencia ficción Zenda Libros.

Fist Man

Tengo una mano por cabeza. A partir de ahora mi “Mano”, con mayúscula, para distinguirla de las otras dos. Todos creen que por tener una mano por cabeza no soy capaz de pensar. Pero sí que pienso. Y oigo, y veo. Eso sí, no me preguntes cómo lo hago. No sabría explicártelo. Ni siquiera sabría explicar por qué hay alguien como yo.

Siendo estrictos, no se puede decir que como. No hay agujeros en mi cabeza. Pero la piel de mi Mano es permeable. Y, de algún modo, absorbo los alimentos al sumergirla en agua, leche, papillas, purés, mermelada o mantequilla de cacahuete. Sobre esto no quiero extenderme. Es así y punto.

¿Me has visto contar? Eso les encanta. Con el índice de mi mano derecha voy señalando los dedos de arriba. Uno, dos, tres… Cálculo digital. Cuenta de memoria, han dicho. Pero eso no es lo más grande que he hecho, claro. Lo más grande, por orden de importancia, es haber portado la antorcha olímpica. Verla llevada por una Mano que también es la cabeza de alguien les pareció una especie de giro sublime, y a la vez grotesco, de la Creación. Una puesta en cuestión de los límites del Hombre. ¿Quizá lo estoy llevando muy lejos? Bueno, es que yo soy así. Mi esencia es llevar.

Los había que lloraban viéndome trotar con la antorcha. Y los había que no salían de su asombro, cautivos del fuerte impacto visual. En la tele no impresiona tanto. Es como ver hacer payasadas a una mascota de la NBA. Más o menos.

Quizá lo segundo más importante fue cuando me contrataron para despedir aquel transatlántico. El “Júpiter”. Una réplica nostálgica del Titanic, pero aún más grande y más retorcidamente vintage. Querían que la primera vez que zarpara yo estuviera allí y dijera adiós desde el muelle.

No les pareció suficiente que lo hiciera agitando la Mano. Querían que moviera las tres. Cuando hago eso los críos saltan, ríen y chillan extasiados.

Me llamaron también para desbloquear un iPhone X gigante con la huella digital del pulgar de mi cabeza, ante cientos de personas, en medio de un centro comercial.

¿Qué más? Ah, sí. Versace hizo un guante para mi cabeza. Desfilé en París.

Y hay un cómic basado en mí. Fist Man.

¿Que por qué pongo en mis fotos de perfil siempre una mano? ¡Es mi cara!

Chócala. No, esa no, la de arriba. La grande.

Sí. Mis días son de circo. No pasa uno sin que tenga que rechazar entrevistas, apariciones en películas o en series de televisión.

Mi mejor peinado es cruzar los dedos. No doy cabezazos, doy puñetazos.

Generalmente, cuando extiendo mis dedos, la gente suele interpretar que estoy contento. Y cuando tengo la Mano cerrada creen que es síntoma de enfado o melancolía.

Me corto las uñas con una podadera.

Sé que hay artistas que pintan lienzos con los pies y hasta con la boca. Verme pintar a mí con la Mano… guau. Eso sí es espectacular.

La cantidad de Chupa-Chups que puedo agarrar con mi cabeza es la unidad de medida del Sweet Candy Megapack de 2016.

A veces me piden, claro está, que haga ese gesto grosero con mi dedo más largo y más alto. Pero yo les amenazo con la bofetada de su vida. No pienso ser esclavo de nadie. Ni andar por ahí con la Mano atada.

Bueno, tengo que reconocer que una vez me enamoré. No sé si ella me quería. No me dejaba abrazarla. Prefería que la agarrase. Y, cuando lo conseguía, se hacía selfies todo el rato.

Nunca llevo anillos en la Mano, porque es como si fuera a jugar al tenis o hacer aerobic.

He soportado mi destino medianamente bien hasta hace unos meses, cuando me crucé en la calle con aquella señora. Y pitonisa. Se quedó espantada mirándome a la cara. ¿Acaso no sabía yo leer las líneas de mi Mano? Que era terrible, dijo.

Me muero. Soy joven, pero me muero. Me lo advirtió aquella señora y pitonisa después de leer las líneas de mi cara. Así que he tenido tiempo para prepararme. Soltar lento, poco a poco, mi insólita existencia.

Pero… también me da rabia, porque es paradójico. Tengo más manos que los demás y justo lo que los dioses me prohíben es aferrarme; a esta maldita Vida.

Para pegarse un tiro en la Mano.

Cita Con La Muerte

Malditos caracoles, pensó Juan al despertar esa mañana. Los comería en mal estado, y ahora invadían su estómago dos gatos en refriega.

De su úlcera mejor no hablar. Le vino a la cabeza ese aro en llamas por el que un domador de circo hace pasar felinos.

Unos caracoles lo llevaban a la tumba. Pero no le pillaba por sorpresa. Ya se lo había advertido su pitonisa online.

Las fuerzas que no tuvo la noche anterior para quitarse el mono de trabajo y arrojar sus huesos sobre el colchón, las encontró para salir a la brisa del miércoles, sin cambiarse de ropa, con el rostro de alguien a quien le queda un sorbo de vida y oliendo todavía al bar de la Toñi.

En doscientos pasos, Juanito se plantó moribundo delante de la nueva cafetería. Odiaba ese sitio casi tanto como al árbitro del lunes, que inventó un penalti contra el Atleti.

Siendo la ferretería Garrido, había entrado allí muchas veces a por ganchitos, clavos, adhesivo… Esas cosas que mantienen la vida de una pieza. Pero, desde que era un nido de cucarachas, se cuidaba mucho de entrar.

Esa mañana, sin embargo, no tenía elección. Era por fuerza mayor. Así que cruzó la puerta de aquel Averno.

El Starbucks estaba bastante lleno. Solo quedaba una pequeña mesita libre en la que ni siquiera cabía desplegado el As. La ocupó ante la mirada judicial de unos ojos color aceituna, más allá de una manzana luminosa y mordida, tras unas gafas de pasta roja, colgadas de orejas troqueladas, a menos altura que un moño ensartado por dos palos de comer arroz, de ese chino.

Allí sentado, desnudó un bocadillo de pimientos y le dio la primera dentellada. Más de media barra de pan de ayer, o el tamaño de una iguana adulta. La grasa que pasó a sus manos acabó en las perneras de su mono azul.

Enseguida se acercó a él un jovencito de cara estándar, con un delantal verde-mesa de billar y unos rizos en la cabeza que no venían a cuento, y que, extendidos sobre el asfalto, detendrían una hormigonera.

—Perdone, aquí no puede usted consumir cosas del exterior.

A Juanito eso del exterior le sonó al secarral donde Luke Skywalker jugaba de niño al balón prisionero.

—Mira, chico… Hoy es miércoles 28, ¿verdad?

—Sí.

—Pues resulta que tengo una cita con la Muerte. Sí, en esta cloaca. ¿Dónde si no? Los caracoles de ayer, ya sabes. Y resulta que mi último deseo antes de palmarla es comerme un bocadillo de pimientos fritos en un xxxx Starbucks, delante de todos estos cretinos.

—Ya —respondió el chaval.

Es difícil expresar confusión o enfado —y por extensión cualquier otra cosa— cuando tienes una cara estándar y eres un muchacho excelente, y siempre lo serás, pero salido de un molde. Y, para colmo, llevas ese delantal verde guisante más impoluto que el historial de Internet del ratón Mickey.

—Pero, oiga, es que… no se puede. Voy a tener que avisar a la encargada.

—Que venga el Papa también —otro mordisco—. Y Elvis. Sobre todo Elvis.

Al hacer ademán de irse, Juan agarró al chico por el antebrazo.

—Mira, hombre —con la otra mano fue señalando a la gente en derredor. Hablaba entre dientes—. Esos ojos y esos palos en el moño. Ese tío de allí, que trabaja en el banco de enfrente, y que, si le dejas, te ofrecerá una hipoteca por encima de tus posibilidades. Y aquella otra con el pelo verde… Esa bruja dice que vende “arte”, dos manzanas más abajo. Lo vende al triple de lo que cuesta. Y la mierda de café que ponéis aquí. Y vuestras caras de plástico. Esto es una ciénaga. ¿Es que no lo ves? Sois el Mal.

Eso al chico —que tenía apadrinado un lince ibérico y los veranos era monitor de tiempo libre— le sentó peor que lo del bocadillo. Y salió bufando, en busca de la encargada.

En ese momento, al otro lado del cristal que daba a la calle, una figura ataviada con una vieja túnica gris pegó al vidrio la sombra que tenía por semblante. La capucha de la túnica era tan grande que no dejaba que la luz dibujara sus rasgos. Mientras revisaba el interior del local, la figura comenzó a dar golpecitos intermitentes con una guadaña en el cristal. Eso captó definitivamente la atención de la parroquia hipster. La mitad contemplaron la escena perplejos. Ellos y su café con leche en los pelos del bigote. Ellas y su café con leche en los pelos del bigote. A la otra mitad les nacieron sonrisas.

Había que reconocerle, a quien estuviera bajo aquel disfraz, que lo de los golpecitos, aun siendo un gesto teatral, era muy siniestro. Acojonaba.

—Shhhh, haya calma, gente, que viene a por mí. Los caracoles de ayer, je, que estaban malos —tranquilizó Juanito al personal.

Tac, tac, toc. Más golpes de guadaña en el cristal.

De pronto, cuatro mesitas más allá, un hombre con traje y chaleco de tweed, obeso y barbudo, y al que, si le dejaras, te ofrecería una hipoteca por encima de tus posibilidades, derramó su Caffe Latte de 190 calorías para llevarse la mano a un pecho abundante y gelatinoso bajo la camisa blanca de seda. Un pecho en quiebra.

—Vaya. Me equivoqué —constató Juan al ver el infarto— No viene a por mí.

A pesar del vicio empírico, dio por válida esa conclusión. Y como no tenía nada más que hacer en aquel estercolero, mientras varios de los presentes acudían a socorrer al gestor moribundo, Juan se levantó, bocadillo de pimientos en mano, y salió de aquel cónclave de hienas, ya con mejor cara.

—Venga, adiós majete —le dijo antes de salir al chico estándar, quien dudaba si dejar su puesto para unirse a los que intentaban sin éxito que el gestor del banco volviera en sí.

La chica de ojos oliva detrás de unas gafas de pasta roja cerró su Macbook y lo metió en un bolso enorme. Se abrió paso entre el alboroto para contemplar el cadáver del gestor.

—Hay gente que se muere por venir aquí, ¿eh?

La encargada, catatónica por el incidente, no entendió el chiste. Pero a la chica de ojos oliva le daba igual y agarró el asa de la puerta.

—Vuelva pronto —rogó el chico estándar desde el mostrador. Ella le fascinaba.

—Volveré. Mira —y señaló al techo del local, en el que había una gran grieta.

Ya en el exterior, la chica se aproximó a la figura de túnica gris. Delante de aquel espantajo retiró uno de los palos de su moño, sacó una navaja del bolso y con ella grabó en el palito una muesca más. Luego lo devolvió al moño y, muy seria y muy serena, se dirigió a la sombra dentro de la capucha.

—Fuera de aquí. Este barrio es mío.

Mizar

Lleva el nombre de una estrella, aunque muy pocos lo saben.

Cuando está cerca lo sientes. Se te mete en el alma. Ella es la encarnación de algo poderoso, brillante, muy lejano… Tan brillante y lejano como —sí— una estrella.

Pero no es una estrella. Es una hembra de halcón.

Una vez hubo un cetrero. Siempre que ella quería abandonar su brazo él lo sabía con exactitud. Esa punzada en el corazón. Y lo hizo varias veces aquella última mañana, visitando las ramas de árboles cercanos. Después sacudió sus alas con fuerza, voló muy recto y muy alto, y no volvió más al guante del cetrero, que solo pudo agachar la cabeza, en señal de amargura. Sus ojos se desbordaron, asaltando el llanto sus mejillas, tan roto por dentro como una noche sin Luna.

Siempre que Mizar vuela y anida libre, sin “dueño”, no es extraño ver a muchos mirar hacia arriba y extender el brazo. Creyendo haberla visto. Esperando el ansiado descenso de la hembra halcón, cuyas alas tantos vientos han peinado.

Pero ha sido justo hoy, esta mañana de marzo. Caminábamos hacia el colegio. Dasha se ha parado y ha mirado al cielo, muy quieta, concentrada, como una leona que acecha a un antílope.

—¡Papá! ¡Ahí arriba!

Ha señalado entre dos nubes y de inmediato ha extendido su otro brazo, paralelo al mundo, como una botavara. El punto oscuro ha crecido en el fondo azul. Y en menos de lo que habríamos calculado, el ave se ha posado majestuosa en el brazo de Dasha, plegando sus alas después. Otros niños que pasaban por allí se han asustado. Y la pequeña Katia, que iba con nosotros, se ha agarrado a mi pierna y ha empezado a llorar, la pobre.

Dasha se ha quejado un poco por la presión de las garras. Un segundo nada más. Porque luego la niña ha sido todo sorpresa, alegría, carcajada. Y el pájaro todo calma, bien posado, girando como un resorte su cabecita; izquierda, derecha, Katia, el autobús; sin perder detalle.

—¡Mira! ¡Ha venido a mí!

Ha sido tan impactante… Y, sin embargo, poco más tarde he soltado una lágrima, anticipando ese momento inevitable en el que Mizar alzará el vuelo desde el brazo de mi hija para no volver jamás. Y ella será todo derrota, vacío, esa nostalgia perpetua. Ni un solo día, ni una sola noche, sin clavar los ojos en el cielo.

Imagina —porque puedes hacerlo— a la niña entrando en el patio del colegio con el halcón en su brazo. Imagina —sé que lo harás— su dicha de hoy, su devoción. Imagina el fuego gris en sus ojos.

Por desgracia, no mucho después de entrar en el patio y formarse un fanático pero prudente corro alrededor, Mizar ha levantado el vuelo. El batir de sus alas ha quebrado la música de lo cotidiano. Los niños guardaban silencio, viéndola planear.

Algunos en el patio, canallas, han extendido sus brazos, ofreciéndose.

—¿Qué hacéis? Vino a ella. ¡Es suya! —me he sorprendido a mí mismo gritando a esos pobres críos. Me avergüenzo.

Pero hay algo que me avergüenza aún más. ¡Lo hice sin querer! Por unos momentos, mientras les increpaba, yo también tuve el brazo extendido.

Más de Treinta y Menos de Cien

Originalmente publicado en Letras y Poesía el 11 de marzo de 2018.

 

En las noches que no puedo dormir, y las agujas del reloj pesan como planetas, oigo esos pasos. Más de treinta y menos de cien.

Pero no hablaré de eso ahora. Pues es, digamos, mi privada obsesión. Igual que la vuestra será la taxidermia o la antigeometría. Igual que la de mi padre, hace años, fue la caza.

Al llegar el invierno, y os aseguro que aquí es tan crudo como coser heridas con grueso hilo negro, mamá sacaba todas las alfombras del desván y las repartía por las habitaciones de la casa.

Antes de esparcirlas por los suelos, las colgaba fuera, en una larga soga, retando al viento. Y, allí tendidas, las golpeaba con fuerza, sacudiendo el polvo acumulado en los meses de sol.

Mientras daba aquellos golpes y creyéndose sola, a veces murmuraba y maldecía. Y en el clímax de su catarsis lanzaba algún grito, síntoma de su avanzada enfermedad, esa que ella misma me enseñó a llamar papá.

Todas las habitaciones de la casa tenían su alfombra. Todas las alfombras tenían su agujero.

Pero el invierno del 93, al sacarlas del desván, faltó una. La de la salita.

La salita era el cubículo donde mamá remendaba, sorbía té y polemizaba con las voces que escapaban de la radio.

La salita era el lugar donde papá consultaba la enciclopedia.

—Necesito una alfombra para la salita —anunció mamá aquel bendito día, posando su mano leve y huesuda sobre mi hombro. Yo había esperado tanto ese momento… Hasta dudé, Dios mío, que algún día llegaría.

—La traerás tú —me encomendó. Tenía yo trece años, y el retroceso de una escopeta aún me arrojaba a tierra.

Mi padre estaba presente y escuchó el encargo, severo e implacable, como la vida cuando te atraca en un callejón.

Retiró los ojos de los vanos avatares del diario local. Miró la mano en mi hombro. Miró ceñudo a mamá. Y, al fin, me miró a mí. Asintió con la cabeza, pero solo una vez, por si era un error.

Habría apostado mis riñones a que él —y solo él— escogería aquel momento. Pero no. Fue mamá. Y poco después comprendí por qué. Para mi padre cualquier clase de ceremonia y tragar espinas de merluza venían a ser lo mismo.

Aún así, fue conmigo mi primera vez. Hasta me prestó su escopeta. Y esa primera vez no, pero la siguiente… me presenté ante mamá con aquella enorme alfombra persa enrollada sobre mi hombro. Mi sonrisa brillaba como un diamante. Mi porte era el de un faraón. Quiero recordaros que, de todas las alfombras, las persas son las que vuelan más rápido y más alto. Y yo abatí aquella de un solo disparo.

Mamá, muy contenta, preguntó a papá si se alegraba de que yo hubiera heredado su don para la caza. Y mi padre pronunció un “por supuesto” más falso que la sonrisa de un oso.

Los meses consecutivos demostraron que yo tenía más maña y puntería que él. ¡Que mi padre, el gran cazador!

Llené de alfombras nuestro hogar. Llegaba el verano y no cabían todas en el desván.

Tal vez por cansancio, o por la frustración de ser yo mejor tirador que él, papá dejo de cazar alfombras. Se compró una barquita de remos. Y la llamó Polimnia, como esa musa insufrible y grosera de las cosas sagradas.

Flotaba lejos de la orilla. Bebía cerveza. Fumaba en pipa a escondidas. Y pescaba todos esos zapatos en el lago. Muchos. Su siguiente obsesión.

No os alarméis. Nunca traía los zapatos a casa, creedme. Los volvía a echar al agua. Para que siguieran pisando en el fondo del lago, caminando en lo profundo, dando pasos sin cesar.

Y en las noches que no puedo dormir, y pesan como montañas las agujas del reloj, oigo esos pasos. Más de treinta. Menos de cien.

Salto De Página

Katia es un peligro cerca de la librería. Tiene dos añitos y a los libros más altos no llega. Esos están a salvo. Pero los otros…

Casi siempre le da por coger el mismo. Ese y solo ese. La Crítica del Juicio. Se ve que tiene que rebatir algunos argumentos sobre la Belleza. Quién no.

Pero hoy me la encuentro sentada en el suelo, rodeada de muchos más libros, arrancados por ella de su anaquel. Al verme me sonríe, como si no pasara nada. Yo enseguida echo mano a los libros caídos. Los abro, reviso sus hojas, temiendo lo peor. A muchas hojas, en efecto, le faltan casi todas las palabras. Líneas, párrafos, capítulos enteros… liberados por el golpe contra el suelo. Han saltado desde sus páginas y ahora van a la fuga.

¡Katia! —ella sonríe.

Abro rápido la ventana y saco la cabeza. Un paladín cabalga. Un orco salta encima de un coche. Un asesino victoriano corre calle abajo.

Mientras yo miraba atónito, a Katia le ha dado tiempo de precipitar —¡dios, eso no!— el diccionario.

He visto las letras escapar ante mis ojos. Mientras parte de los cimientos de este mundo, poco a poco, se desvanecen.

El Desatascador

Aquila non capit muscas.

Julio César

 

Isidro es el Presidente del Gobierno. Se desvive en su importante labor, demuestra una gran responsabilidad y tiene a su cargo muchas personas. Lleva ya tres años velando por la buena marcha de la nación y de sus instituciones.

Isidro se ocupa a diario de infinidad de asuntos. Es agotador. Sin embargo, no libera queja alguna. Ser Presidente se le da muy bien y se lo reconocen. Ha nacido para la Política.

Aunque suele llegar a casa muy tarde, su mujer siempre lo espera. Carmen cierra la joyería a las nueve de la noche.

Nada más verse lo hacen. Bueno, lo hace Carmen. Porque él debe quedarse más o menos quieto: ella chasquea los dedos delante de Isidro y le dice “¡despierta!”.

A menudo le viene a la cabeza aquella primera vez. Todo empezó de un modo tan inocente… como un juego. “Eres un hombre importante, hmmm, un político. Uno de los buenos.”

A ella se le fue de las manos desde el primer día. Le dejó salir ahí fuera, en aquel trance. Y ahora no lo puede parar. Sería peor.

Así que todas las mañanas, al Isidro de verdad, el Isidro después del chasquido; al fontanero hijo de fontanero, experto en desatascos; al que le vuelve loco un bocadillo de sardinas; al socio del Leganés… A ese Isidro, cada mañana y sin falta, Carmen tiene que volver a hipnotizarlo, moviendo de un lado a otro la medallita de la Virgen de Fátima.

“Eres un hombre importante. Un gran político. Uno de los buenos.”

Y así todos los días. La medallita, la cantinela, un beso en la frente y…

—Venga, sal de casa zumbando, excelentísmo señor Isidro Luján, Presidente del Gobierno, no vaya a ser que todo el país se desmorone.